domingo, 20 de mayo de 2018

¿QUÉ LE PASA AL ALMA EN UNA INICIACIÓN MASÓNICA? LOS MASONES MISMOS NO SE ACLARAN... GUÉNON INQUIETA



Algunos de ellos hacen interpretaciones para-sacramentales.

Los masones no se ponen de acuerdo sobre lo que sucede en los iniciados durante los ritos de cada grado. Algunas interpretaciones son inquietantes.

Los dos grandes testimonios de antiguos masones publicados en español en los últimos años, el de Maurice Caillet y el de Serge Abad-Gallardo, coinciden en el impacto que les produjo la ceremonia de su iniciación, con toda una carga simbólica cuyo significado empezaban en ese momento a descubrir.

Hay muy poco acuerdo entre los propios masones sobre el alcance de esas ceremonias sobre el nuevo adepto. Así lo señala José Antonio Ullate Fabo en un artículo sobre El rito, la iniciación y el simbolismo masónicos publicado en el número de marzo-abril de la revista Verbo.

Ullate, quien en su libro sobre la doctrina que transmiten las logias (El secreto masónico desvelado) cifra en el naturalismo la ideología informante común a todas las obediencias masónicas, precisa en Verbo que "el simbolismo masónico es la coagulación, la síntesis, de la doctrina naturalista de la masonería", y "una herramienta esencial para relativizar las anteriores convicciones del masón".

Hay un impacto inmediato, por tanto, de los ritos y fórmulas cabalísticas a las que se es sometido. Más allá de la importancia psicológica y sociológica de cualquier rito en cualquier ámbito, en el caso de la iniciación masónica es aún mayor, por cuanto "el candidato desconoce los contenidos reales de la doctrina masónica" cuando ingresa en ella. Todo su recorrido a través de los distintos grados de iniciación consistirán en desvelarla a modo de iluminaciones sucesivas. Por tanto, antes de entrar, "no son razones intelectuales las que atraen a la logia, sino motivaciones afectivas desordenadas", en concreto "curiosidad y vanidad", pues el aspirante busca "participar en un secreto" o "formar parte de un grupo exclusivo".

Ahora bien, ¿de qué naturaleza son esas iluminaciones sucesivas recibidas a través de los ritos de iniciación? ¿En qué grado tocan realmente el alma de quien se somete a ellos? Paradójicamente, dada la trascendencia del rito y el símbolo en las ceremonias de las logias, los masones divergen notablemente en torno a esa cuestión. Ullate señala cinco hipótesis planteadas por los mismos miembros de la organización en los estudios que cita.

HIPÓTESIS 1. NO SUCEDE NADA
El aspirante que se somete a los ritos de iniciación masónica no experimenta en ellos ningún cambio: "Sencillamente traspone el umbral del taller en el que se le van a enseñar las técnicas con las que va a alcanzar sus 'fines espirituales'". Es una concepción cronológica: la iniciación meramente da comienzo al recorrido del masón por los sucesivos grados de la sabiduría a la que aspira.

HIPÓTESIS 2. LA INICIACIÓN OTORGA YA UN IMPRECISO CONOCIMIENTO
Ese conocimiento tiene sobre todo un aspecto experimental. El grado de sabiduría recibido a través de los ritos depende de la subjetividad del nuevo adepto. Los ritos actuarían como los sacramentales en la Iglesia: ex opere operantis, solo en función de los impedimentos que plantee quien los recibe.

HIPÓTESIS 3. EL RITO INICIÁTICO ES EFICAZ EN SÍ MISMO
Continuando con las analogías cristianas, actuaría como los sacramentos en la Iglesia: ex opere operato, independiente del sujeto. En la iniciación masónica (un "psicodrama" en cuya descripción coinciden los ex masones Caillet y Abad-Gallardo), al asumir el neófito la personalidad de los personajes que aparecen en el rito (como Hiram, el arquitecto del templo de Salomón), "sufre una conmoción en el orden sensible que le hace adquirir un 'conocimiento poético' de aquella enseñanza" que esos personajes supuestamente transmiten. Según el masón Javier Otaola, la iniciación es "la puesta en marcha de un proceso de transformación personal".

HIPÓTESIS 4. HAY UNA ILUMINACIÓN
Según los masones que postulan esta opción, el ritual iniciático otorga algo más que un conocimiento existencial subjetivo (hipótesis 2) u objetivo (hipótesis 3): otorga un conocimiento intelectual  que despierta "poderes psíquicos latentes", provoca "un cambio objetivo en la inteligencia del masón". Despunta aquí la tradición mágico-gnóstica.

HIPÓTESIS 5. SE PRODUCE UN CAMBIO EN EL ORDEN DEL SER
Es la escuela "más abiertamente gnóstica": la iniciación tiene "una virtualidad ontológica" que marca al masón, le imprime carácter, diríamos tomando de nuevo prestado el lenguaje de la teología. Esta hipóteis, subraya Ullate, es "la más congruente con los elementos dogmáticos de la masonería". Su gran formulador y defensor fue el teórico esotérico René Guénon, quien afirma que la iniciación "tiene como meta esencial rebasar el estadio individual para pasar a los estados superiores del Ser".

René Guénon (1886-1951) hizo un recorrido vital por toda clase de mundos y submundos esotéricos. Su planteamiento sobre los objetivos y alcance de la iniciación masónica son los más coherentes con la ideología de este grupo.

Esto no puede hacerse individualmente, sino en el seno de una organización que "mantenga sin ninguna interrupción la continuidad de la cadena iniciática", esto es, la masonería: de nuevo una visión invertida de la Iglesia. Y añade Guénon que "los verdaderos ritos iniciáticos y los símbolos tradicionales son de origen no humano" y tienen siempre "como meta poner al ser humano en relación con algo que rebasa su individualidad".
Por tanto, la iniciación, según el autorizado magisterio de Guénon, quien si bien abandonó la masonería en sus años finales lo hizo para buscar lo mismo en la "mística" sufí (musulmana), no es ni mero punto de partida moral (hipótesis 1), ni un proceso también moral (hipótesis 2) ni una experiencia o psicodrama (hipótesis 3), ni un acceso a conocimientos secretos (hipótesis 4), sino "un escalamiento en la jerarquía de los múltiples estados del Ser". Esta doctrina, recuerda Ullate, "refleja una cosmología gnóstica panteísta".

LA REALIDAD DE LO QUE SUCEDE EN EL ALMA
Todos los autores masones citados por Ullate (Alec Mellor, Florencio Serrano, Francesc Xavier Altarriba, Javier Otaola, Oswald Wirth, Henry Wilson Coil, John Salza, el mismo Guénon) coinciden en la importancia de los rituales de la iniciación. Pero no aclaran nada de lo que realmente pasa en quien atraviesa ese conjunto de representaciones.

Siguiendo al ex maestro masón John Salza, y partiendo de la sencilla y -ésta sí, muy clara- teología moral cristiana y su distinción entre la vida de la gracia y la vida sin la gracia (en el pecado), Ullate sí lo aclara: es "la sugestión de pensar que ya se pertenece al electo grupo de los que han recibido la luz, aunque no se tenga claro en qué consiste dicha iluminación. La vanidad, es, sin duda, un ingrediente esencial de la iniciación masónica".

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO DEL DOMINGO DE PENTECOSTÉS


El Papa Francisco reflexionó sobre cómo el Espíritu Santo actúa en los corazones de los que lo reciben y cómo elimina el miedo de ellos.
Durante la Misa con motivo del Domingo de Pentecostés, el Santo Padre explicó que “el Espíritu libera los corazones cerrados por el miedo. Vence las resistencias. A quien se conforma con medias tintas, le ofrece ímpetus de entrega. Ensancha los corazones estrechos. Anima a servir a quien se apoltrona en la comodidad. Hace caminar al que se cree que ya ha llegado. Hace soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón”.
A continuación, la homilía del Papa Francisco:
En la primera lectura de la liturgia de hoy, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés se compara a «un viento que soplaba fuertemente» (Hch 2,2). ¿Qué significa esta imagen? El viento impetuoso nos hace pensar en una gran fuerza, pero que acaba en sí misma: es una fuerza que cambia la realidad. El viento trae cambios: corrientes cálidas cuando hace frío, frescas cuando hace calor, lluvia cuando hay sequía... así actúa.
También el Espíritu Santo, aunque a nivel totalmente distinto, actúa así: Él es la fuerza divina que cambia, que cambia el mundo. La Secuencia nos lo ha recordado: el Espíritu es «descanso de nuestro esfuerzo, gozo que enjuga las lágrimas»; y lo pedimos de esta manera: «Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas». Él entra en las situaciones y las transforma, cambia los corazones y cambia los acontecimientos.
Cambia los corazones. Jesús dijo a sus Apóstoles: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo […] y seréis mis testigos» (Hch 1,8). Y aconteció precisamente así: los discípulos, que al principio estaban llenos de miedo, atrincherados con las puertas cerradas también después de la resurrección del Maestro, son transformados por el Espíritu y, como anuncia Jesús en el Evangelio de hoy, “dan testimonio de él” (cf. Jn 15,27). De vacilantes pasan a ser valientes y, dejando Jerusalén, van hasta los confines del mundo. Llenos de temor cuando Jesús estaba con ellos; son valientes sin él, porque el Espíritu cambió sus corazones.
El Espíritu libera los corazones cerrados por el miedo. Vence las resistencias. A quien se conforma con medias tintas, le ofrece ímpetus de entrega. Ensancha los corazones estrechos. Anima a servir a quien se apoltrona en la comodidad. Hace caminar al que se cree que ya ha llegado. Hace soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón.
Muchos prometen períodos de cambio, nuevos comienzos, renovaciones portentosas, pero la experiencia enseña que ningún esfuerzo terreno por cambiar las cosas satisface plenamente el corazón del hombre. El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza, haciendo que no nos cansemos jamás de la vida.
El Espíritu mantiene joven el corazón – esa renovada juventud. La juventud, a pesar de todos los esfuerzos para alargarla, antes o después pasa; el Espíritu, en cambio, es el que previene el único envejecimiento malsano, el interior. ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado.
Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón.
En este día, aprendemos qué hacer cuando necesitamos un cambio verdadero. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Sobre todo cuando estamos hundidos, cuando estamos cansados por el peso de la vida, cuando nuestras debilidades nos oprimen, cuando avanzar es difícil y amar parece imposible. Entonces necesitamos un fuerte “reconstituyente”: es él, la fuerza de Dios. Es él que, como profesamos en el “Credo”, «da la vida». Qué bien nos vendrá asumir cada día este reconstituyente de vida. Decir, cuando despertamos: “Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, ven a mi jornada”.
El Espíritu, después de cambiar los corazones, cambia los acontecimientos. Como el viento sopla por doquier, así él llega también a las situaciones más inimaginables. En los Hechos de los Apóstoles —que es un libro que tenemos que conocer, donde el protagonista es el Espíritu— asistimos a un dinamismo continuo, lleno de sorpresas. Cuando los discípulos no se lo esperan, el Espíritu los envía a los gentiles.
Abre nuevos caminos, como en el episodio del diácono Felipe. El Espíritu lo lleva por un camino desierto, de Jerusalén a Gaza —cómo suena doloroso hoy este nombre. Que el Espíritu cambie los corazones y los acontecimientos y conceda paz a Tierra Santa—. En aquel camino Felipe predica al funcionario etíope y lo bautiza; luego el Espíritu lo lleva a Azoto, después a Cesarea: siempre en situaciones nuevas, para que difunda la novedad de Dios. Luego está Pablo, que «encadenado por el Espíritu» (Hch 20,22), viaja hasta los más lejanos confines, llevando el Evangelio a pueblos que nunca había visto.
Cuando está el Espíritu siempre sucede algo, cuando él sopla jamás existe calma, jamás. Cuando la vida de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la auto-conservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas.
Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque Él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor.
De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”.
Él traerá su fuerza de cambio, una fuerza única que es, por así decir, al mismo tiempo centrípeta y centrífuga. Es centrípeta, es decir empuja hacia el centro, porque actúa en lo más profundo del corazón. Trae unidad en la fragmentariedad, paz en las aflicciones, fortaleza en las tentaciones. Lo recuerda Pablo en la segunda lectura, escribiendo que el fruto del Espíritu es alegría, paz, fidelidad, dominio de sí (cf. Ga 5,22). El Espíritu regala la intimidad con Dios, la fuerza interior para ir adelante.
Pero al mismo tiempo él es fuerza centrífuga, es decir empuja hacia el exterior. El que lleva al centro es el mismo que manda a la periferia, hacia toda periferia humana; aquel que nos revela a Dios nos empuja hacia los hermanos. Envía, convierte en testigos y por eso infunde —escribe Pablo— amor, misericordia, bondad, mansedumbre. Solo en el Espíritu Consolador decimos palabras de vida y alentamos realmente a los demás. Quien vive según el Espíritu está en esta tensión espiritual: se encuentra orientado a la vez hacia Dios y hacia el mundo.
Pidámosle que seamos así. Espíritu Santo, viento impetuoso de Dios, sopla sobre nosotros. Sopla en nuestros corazones y haznos respirar la ternura del Padre. Sopla sobre la Iglesia y empújala hasta los confines lejanos para que, llevada por ti, no lleve nada más que a ti. Sopla sobre el mundo el calor suave de la paz y la brisa que restaura la esperanza. Ven, Espíritu Santo, cámbianos por dentro y renueva la faz de la tierra. Amén.
Redacción ACI Prensa

POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO. PENTECOSTÉS



–¿Tan importante es el Espíritu Santo en la vida cristiana?
–Más.
Por obra del Espíritu Santo es la Encarnación del Verbo divino en la entrañas benditas de la Virgen María. Así lo confesamos en el Credo. Y en la Encarnación es donde se inicia la plenitud de la salvación, la renovación total de la humanidad, en una segunda Creación. Por obra del Espíritu Santo.
* * *
Por obra del Espíritu Santo volvemos a nacer los hombres, esta vez como hijos de Dios, «nacidos del agua y el Espíritu» (Jn 3,5). La santificación de los hombres realizada por Cristo, en la comunicación del Espíritu Santo, no va a ser solamente un nuevo camino moral al que se invita a un hombre que es meramente hombre. Es mucho más que eso. La santificación instaurada por la fe en Cristo consiste primariamente en una elevación ontológica:
Los cristianos somos realmente «hombres nuevos», «nuevas criaturas» (Ef 2,15; 2 Cor 5,17), «hombres celestiales» (1 Cor 15,45-46), «nacidos de Dios», «nacidos de lo alto», «nacidos del Espíritu» (Jn 1,13; 3,3-8). Es el nacimiento lo que da la naturaleza. Y nosotros, que nacimos una vez de otros hombres, y de ellos recibimos la naturaleza humana, después en Cristo y en la Iglesia, por el agua y el Espíritu, nacimos una segunda vez del Padre divino, y de él recibimos una participación en la naturaleza divina (1 Pe 1,4).
La santificación obrada por la gracia de Cristo no produce, pues, en el hombre un cambio accidental (como el hombre que por un golpe de fortuna se enriquece, pero sigue siendo el mismo), no es algo que afecte sólo al obrar (el bebedor que se hace sobrio), sino que es ante todo, por obra del Espíritu Santo, una transformación ontológica, que afecta al mismo ser del hombre, a su naturaleza.
El hombre viejo, el de la primera Creación, el del primer Adán, fue creado al comienzo del mundo: «formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra, y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue el hombre ser animado» (Gén 2,7); es el terrenal, el que fracasó por el pecado. Y el hombre nuevo, el de la segunda Creación, el que viene del segundo Adán, es en la plenitud de los tiempos, por obra del Espíritu Santo hombre espiritual, gracias a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que repite aquella escena primera del Génesis: «Sopló sobre ellos y les dijo: “recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20,22).
Si Cristo en su obra de salvación no hubiera llegado a la comunicación del Espíritu Santo en Pentecostés, de nada nos hubiera servido su Encarnación, su predicación del Evangelio, su muerte en la Cruz, su Resurrección y  Ascensión al cielo. Seguiríamos siendo hombres terrenales, adámicos, pecadores. Es la comunicación del Espíritu Santo que Cristo hace desde el Padre lo que nos hace nacer de nuevo como hijos de Dios, como nuevas criaturas.
Dios «nos ha salvado en la fuente de la regeneración, renovándonos por el Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit 3,5).
* * *
Por obra del Espíritu Santo nace la Iglesia. Claramente lo sabemos, gracias al relato de San Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estando todos juntos en un lugar, se produjo de repente un ruido del cielo, como el de un viento impetuoso… y quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hch 2). Ahora es cuando se cumple plenamente la obra de Cristo, Salvador del mundo. La Encarnación del Hijo divino, el Evangelio, la muerte en la Cruz, la Resurrección, la Ascensión, hacen posible Pentecostés, cuando por obra del Espíritu Santo, nace la Iglesia, el Cuerpo mismo de Cristo.
El Espíritu Santo es el alma que vivifica, unifica y mueve a la Iglesia. Y hace su obra por íntimos movimientos de su gracia y también por la mediación de gracias externas.
1. Por el impulso suave y eficaz de su gracia interior el Espíritu Santo mueve el Cuerpo de Cristo y cada uno de sus miembros. Él produce día a día la fidelidad y fecundidad de los matrimonios. Él causa por su gracia la castidad de las vírgenes, la fortaleza de los mártires, la sabiduría de los doctores, la solicitud caritativa de los pastores, la fidelidad perseverante de los religiosos. Y Él es quien, en fin, produce la santidad de los santos, a quienes concede muchas veces hacer obras grandes, extraordinarias, como las de Cristo, y «aún mayores» (Jn 14,12).
2. Pero también es el Espíritu quien, por gracias externas, que a su vez implican y estimulan gracias internas, mueve a la Iglesia por los profetas y pastores que la conducen. En la Iglesia hay una gran diversidad de dones y carismas, de funciones y ministerios, pero «todas estas cosas las hace el único y mismo Espíritu» (1Cor 12,11). Aquel Espíritu, que antiguamente «habló por los profetas», es el que ilumina hoy en la Iglesia a los «apóstoles y profetas» (Ef 2,20). «Imponiéndoles Pablo las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban lenguas y profetizaban» (Hch 19,6-7; cf. 11,27-28; 13,1; 15,32; 21,4.9.11).
Es el Espíritu Santo quien elige, consagra y envía tanto a los profetas como a los pastores de la Iglesia, es decir, a aquellos que han de enseñar y conducir al pueblo cristiano (cf. Bernabé y Saulo, Hch 11,24;13,1-4; Timoteo, 1Tim 1,18; 4,14). Igualmente, los misioneros van «enviados por el Espíritu Santo» a un sitio o a otro (Hch 13,4; etc.), o al contrario, por el Espíritu Santo son disuadidos de ciertas misiones (16,6). Es Él quien «ha constituido obispos, para apacentar la Iglesia de Dios» (20,28). Y Él es también quien, por medio de los Concilios, orienta y rige a la Iglesia desde sus comienzos, como se vio en Jerusalén al principio: «el Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido» (15,28)…     
* * *
Por obra del Espíritu Santo se realiza la Eucaristía, el gran Mysterium fidei que actualiza el sacrificio pascual de Cristo en la Cruz. En la invocación del Espíritu Santo (epiclesis) que en todas las Plegarias eucarísticas precede a la Consagración, se contempla la transubstanciación como obrada por el Espíritu Santo. Por obra del Espíritu Santo es la Encarnación del Hijo, y por obra del Espíritu Santo se hace presente Cristo en el pan y el vino consagrados:
   «Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti [el pan y el vino], de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro» (Pleg. euc. III). Y como la Eucaristía, todos los sacramentos santifican por obra del Espíritu Santo.
* * *
Por obra del Espíritu Santo se produce la vida cristiana en todos sus aspectos. El Espíritu Santo es así el principio vital de una nueva humanidad. En efecto, Jesucristo, «el Señor, es Espíritu» (2Cor 3,17), y unido al Padre y al Espíritu Santo es para los hombres «Espíritu vivificante» (1Cor 15,45). Él habita en nosotros, y nosotros nos vamos configurando a su imagen «a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (3,18; cf, Gál 4,6). Por tanto, todas las dimensiones de la vida cristiana han de ser atribuidas a la acción del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. En San Pablo se afirma todo esto con especial claridad:
–Es el Espíritu Santo el que nos hace hijos en el Hijo, es decir, Él es quien produce en nosotros la adopción filial divina (Rm 8,14-17).
–Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que nos mueve internamente a toda obra buena (Rm 8,14; 1Cor 12,6).
–Es el Espíritu Santo –el agua, el fuego– quien nos purifica del pecado (Tit 3,5-7; cf. Mt 3,11; Jn 3,5-9).
–Es él quien enciende en nosotros la lucidez de la fe (1Cor 2,10-16). «Nadie puede decir “Jesús es el Señor” sino en el Espíritu Santo» (12,3).
–El levanta nuestros corazones a la esperanza (Rm 15,13).
–Si nosotros podemos amar al Padre y a los hombres como Cristo los amó, eso es porque «la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
–El Espíritu Santo es quien llena de gozo y alegría nuestras almas (Rm 14,17; Gál 5,22; 1 Tes 1,6).
–El nos da fuerza apostólica para testimoniar a Cristo y fecundidad espiritual: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Hch 1,8). Por eso la fuerza para evangelizar «no es sólo en palabras, sino en poder y en el Espíritu Santo» (1,5).
–El es quien nos concede ser libres del mundo que nos rodea (2Cor 3,17).
–El hace posible en nosotros la oración, pues viene en ayuda de nuestra total impotencia y ora en nosotros con palabras inefables (Rm 8,15. 26-27; Ef 5,18-19).
En suma, según San Pablo, toda la «espiritualidad» cristiana es la vida sobrenatural que el Espíritu Santo, inhabitando en los hombres, produce en nosotros. Y por eso afirma el Apóstol: «vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9; cf. 10-16; Gál 5,25; 6,8).
* * *
Pidamos siempre a Dios el Espíritu Santo, pues es el Don del Padre y del Hijo, el Don supremo del que proceden para nosotros todos los dones y gracias. Pidiendo el Espíritu Santo, estamos pidiendo todos los dones naturales y sobrenaturales que Dios ha de comunicarnos.
Pidamos también los dones del Espíritu Santo, que perfeccionan el ejercicio de las virtudes, facilitando en todas nuestras acciones su prontitud y seguridad en la verdad y el bien. Es entonces cuando nuestras acciones vienen a ser realizadas ya al modo divino, con la máxima facilidad, perfección y mérito. Pero los dones del Espíritu Santo no pueden ser adquiridos: son dones que han de ser pedidos una y otra vez con toda confianza al Padre celestial, por Jesucristo nuestro Señor, pues como Él dice, «si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11,13).
    «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con Espíritu firme» (Sal 50,12).
José María Iraburu, sacerdote

CUENTOS CON MORALEJA: “LA SEMILLA MÁS PEQUEÑA”



Eran los tiempos de nuestro Señor Jesucristo. Un labrador sudoroso, tomó un puñado de semillas y las arrojó a los surcos de su campo. Los granos de trigo ocuparon sus lugares, conscientes de su importancia para los hombres. Pero entre ellos se había infiltrado un diminuto grano oscuro.
¡Quítate de aquí, enano!— le gritó una semilla de trigo sobre la que había caído el grano negro.
Y una carcajada recorrió los campos que con el tiempo se convertirían en verdes trigales. Se burlaron de su pequeñez las amapolas y las hierbas que comenzaron a crecer junto a los granos de trigo. Y hasta se cruzaron apuestas sobre la altura que alcanzaría tan pequeña semilla… ¡tan pequeña era! Y un rastrojo de la anterior siembra juró que nunca había visto nada más pequeño y que no serviría para nada; es más, estropearía la belleza de los trigales.
La pobre semilla negra no se amilanó por las burlas. Había nacido para dar fruto, para transformarse y convertirse en algo valioso: no sabía en qué y para quién; pero debía cumplir su cometido. Y como para empezar no necesitaba demasiado espacio, se acurrucó en un pedacito de tierra. Pronto echó raíces. Aquel era un buen suelo, bien nutrido y húmedo.
El invierno fue duro. Su tallo, tierno, poco a poco, con mucho esfuerzo, se abrió camino hacia el cielo. Pasada la primavera, llegó el caluroso verano y la que había sido considerada una semilla inútil sobresalía en el trigal. Las espigas observaban calladas su crecimiento asombroso, no atreviéndose a hacer predicciones sobre un fenómeno que desbordaba todas sus expectativas.
Un día pasó Jesús por allí. Iba acompañado de sus apóstoles y seguidores. Les hablaba del Reino de los Cielos al que estaban destinados los hombres y que debía comenzar ya en la tierra. Y utilizaba imágenes tomadas del campo para que sus oyentes comprendieran mejor su enseñanza.
En esto que se detuvo y paseó la mirada por los campos ya dorados. La naturaleza calló. Enmudeció el viento entre las espigas que detuvieron su rítmico cabeceo. Cesaron los gorriones sus gorjeos, pendientes de lo que dijera el Maestro. Jesús llamó la atención de sus apóstoles sobre una planta que sobresalía entre las demás en medio del trigal.
Mirad el grano de mostaza —dijo. Es la semilla más peña, pero cuando crece se convierte en la más alta de las plantas; se transforma en árbol frondoso y hasta los pájaros anidan en sus ramas.
Al oír tales alabanzas del Señor, todos aquellos que se había reído de la pequeña semilla ahora callaron avergonzados…
*** *** ***
Las almas grandes siempre son humildes y modestas. Llega un momento en el que sobresalen sobre las demás, pero nunca se reirán porque las demás sean más pequeñas; todo lo contrario, siempre las tendrán en gran estima. Las almas grandes saben muy bien del valor de las cosas pequeñas; y aunque ellas sean grandes, para ellas, todas las almas son importantes y únicas.
¡Qué lección tan bella e importante nos da el Señor! ¡Aprendámosla!

sábado, 19 de mayo de 2018

¿QUIÉN ES EL ESPÍRITU SANTO?



El Espíritu Santo quien hace posible que la verdad acerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

Por: . | Fuente: ACIprensa
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo es la "Tercera Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, habiendo un sólo Dios, existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio.

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.

EL ESPÍRITU SANTO, EL DON DE DIOS

"Dios es Amor" (Jn 4,8-16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor "Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". (Rom 5,5).

Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo, "La gracia del Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros." 2 Co 13,13; es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado. Por el Espíritu Santo nosotros podemos decir que "Jesús es el Señor ", es decir para entrar en contacto con Cristo es necesario haber sido atraído por el Espíritu Santo.

Mediante el Bautismo se nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo.

Vida de fe. El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Sin embargo, es el "último" en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad.

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Sólo en los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, es cuando el Espíritu se revela y se nos da, y se le reconoce y acoge como Persona.

El Paráclito. Palabra del griego "parakletos", que literalmente significa "aquel que es invocado", es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta al Espíritu Santo diciendo: "El Padre os dará otro Paráclito" (Jn 14,16). El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado "otro paráclito" porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

Espíritu de la Verdad: Jesús afirma de sí mismo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel "discurso de despedida" con sus apóstoles en la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado.

El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo. Los campos de acción en que actúa el Espíritu Santo, son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace posible que la verdad acerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

¿QUÉ ES LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA Y DE QUIÉN SE ESPERA?



La objeción de conciencia responde a la afirmación del deber de obedecer a Dios y no a los hombres desorientados.

Por: Ana Tere López de Llergo | Fuente: Yo Influyo
Últimamente, con mucha frecuencia, se habla de la objeción de conciencia. ¿Y sabemos de qué se trata y de quién se espera?

Cuando se pone de moda alguna expresión puede suceder que tenemos una vaga idea del asunto, pero, por el contexto, sacamos una conclusión aproximada de su significado, aunque, precisamente por eso, nada exacta y proclive a la confusión. Otras veces, el uso desgasta el contenido y frases que al principio tienen mucha fuerza, poco a poco la van perdiendo.

Respecto a la objeción de conciencia es necesario saber bien su contenido para evitar caer en cualquiera de los dos casos mencionados pues se trata de un deber imprescindible en la recta toma de decisiones.

El diccionario define a la objeción como el inconveniente a un plan o idea. Esto advierte que, en cualquier propuesta, siempre cabe una limitación y ésta provoca una carencia más o menos grave. Sin embargo, la objeción no es una actitud visceral, contestataria o antitética por sistema. Manifiesta la gravedad del inconveniente que imposibilita la rectitud de cualquier actividad vinculada.

La palabra conciencia proviene de dos vocablos latinos: conscire y conscientia, el primero significa con conocimiento, el segundo tener ciencia. Dos aspectos de la inclinación natural de toda persona a investigar y a captar la composición y la aplicación de las cosas. Expresa el poder de conocer y de reflexionar. La conciencia implica una relación entre el sujeto cognoscente y el objeto por conocer. Aquí aparece una conveniencia o inconveniencia en la oportunidad de la relación o en la moralidad del modo de aplicar el conocimiento.

CONCIENCIA PSICOLÓGICA Y CONCIENCIA MORAL

Se puede hablar de la conciencia psicológica y de la conciencia moral. La primera hace referencia a la capacidad de darse cuenta de lo percibido, y no se trata de la función de un simple espejo o pantalla donde se imprimen una serie de imágenes, sino de una operación propia del ser humano en donde lo experimentado se reexperimenta, es algo así como revivir lo vivido con la intención de evaluarlo, disfrutarlo, analizarlo, compararlo, etcétera. Por tanto, es una operación de la mente sobre un hecho vivido. La conciencia es el espacio interior donde se realiza la reflexión. La conciencia se podría asemejar al rincón donde el niño guarda sus tesoros y se esconde allí, en solitario, para disfrutarlos sin que un extraño los profane con una apreciación superficial.

La conciencia moral incorpora a la conciencia psicológica un juicio práctico para evaluar la moralidad de las acciones. Por ella se juzga la cercanía o lejanía con el bien, es la norma subjetiva de la moralidad, allí la interiorización de la norma objetiva alcanza su plena eficacia. Esto explica la natural tendencia a buscar lo bueno y a calificar las acciones. El ser humano tiene la dimensión moral integrada a lo más íntimo de su existencia. Ese juicio práctico es el resultado de la calificación dada a un suceso a partir de los principios universales que todos tenemos grabados. Por ejemplo: busca el bien, evita el mal.

El problema se presenta cuando alguien distorsiona el bien, esto sucede si una persona magnifica su propio bien e impide el bien de los demás. El auténtico bien ha de ser para uno y para todos. También se puede desfigurar el bien a causa de la ofuscación provocada por los hábitos malos y así se pierde la claridad para reflexionar adecuadamente, se impone el juicio propio, se rompe la capacidad de dialogar con los primeros principios, y se justifican las acciones de manera visceral.

Por lo tanto, la conciencia tiene valor normativo cuando hay certeza y verdad. La certeza es incompatible con la duda, en la certeza la persona tiene seguridad de lo que va a hacer porque hay nitidez para descubrir el bien. La verdad consiste en la conformidad del juicio práctico interno con la norma moral objetiva expuesta en el Decálogo. La conciencia cierta y verdadera se cultiva con el ejercicio de las virtudes. Cuanto más prevalezca la conciencia recta, mejores serán las personas y los grupos sociales.

Los sabios explican que la ley moral inscrita en el corazón de cada persona es uno de los argumentos para afirmar su dignidad. Esta ley, custodiada en la conciencia, hace a la misma conciencia el núcleo central donde cada uno puede escuchar, a solas, la voz de Dios

Este preámbulo facilita comprender la objeción de conciencia. Por ella se entiende la resistencia que presenta la conciencia, por fidelidad a sus convicciones morales, a la ley u orden injusta que la autoridad pública impone. Las formas de objeción de conciencia son tan variadas como abusos pueden darse por la autoridad.

La objeción de conciencia responde a la afirmación del deber de obedecer a Dios y no a los hombres desorientados. Y, en la conciencia cierta y verdadera, se escucha la voz de Dios. El mayor inconveniente en cualquier objeción está precisamente en la discrepancia entre la voz de los hombres con la de Dios.

El respeto a la conciencia se espera, sobre todo, de quienes tienen la responsabilidad del orden social y de aquellas personas cuya profesión esté vinculada directamente con la vida humana. En el primer caso, se trata de los gobernantes de los países o de las provincias, de los directivos de cualquier institución, de los legisladores. En el caso de los profesionistas, están los maestros que alimentan la vida interior de sus educandos, los sociólogos, los economistas y otros encargados del bienestar de los grupos sociales.

Merecen mención especial los médicos, cuyo día es el 23 de octubre. Tienen la gran responsabilidad de juzgar los adelantos científicos en beneficio de la salud, del respeto y la conservación de toda vida humana. De ellos se espera la capacidad de descubrir los inconvenientes encubiertos en cualquier investigación errada. Su objeción de conciencia es la armadura que hace fuertes a sus pacientes.

TESTIMONIO DE UN PACIENTE DE CÁNCER TERMINAL



Impactante Testimonio de un paciente de cáncer terminal que fue conducido por San Miguel Arcángel a las profundidades del Infierno y sus terribles castigos: “...La cacofonía de gritos, blasfemias, y llanto continuo llenaban el aire y reverberaban a través de mí llenándome de un miedo intenso y terror indescriptible. Cuando entramos, mi mente se llenó de un conocimiento inmediato de cada una de las almas que vi encarceladas aquí. Fui testigo en este lugar de un sufrimiento tan indescriptible, que las palabras no pueden reproducir todos los aspectos. El hedor y el calor son completamente insoportables. A mi derecha vi unas paredes negras dentro de las que estaban tallados pequeños nichos que se extendían a alturas vertiginosas de la piedra ennegrecida...”

Una experiencia cercana a la muerte narrada por una enfermera que está escribiendo un libro.
Esta es una historia de un hombre en sus 77 con un cáncer terminal, que le cuenta a su enfermera una experiencia cercana a la muerte cuando joven, que fue llevado por San Miguel Arcángel al infierno para cambiarle la vida, y realmente cambio. La enfermera está escribiendo ahora un libro, y esto es una primicia.

Las experiencias cercanas a la muerte son más comunes de lo pensamos, se llega a considerar de 1 de cada 5 las han tenido, y hay varias publicaciones que relatan enormidad de ellas, ver aquí y aquí.
Y lo llamativo del caso es que cada uno parece recibir el trato en “el más allá” acorde con sus creencias, por lo tanto los que no son cristianos en general no experimentan el encuentro con Jesús.
Nosotros hemos publicado muchos testimonios, ver aquí, y muy pocos son de experiencias con el infierno, como el testimonio de este artículo. Abajo en video, puede ver testimonios e historias. Estos testimonios cercanos a la muerte son material para nuestros discernimiento.

EL ENFERMO TERMINAL EN EL HOSPICIO

Esta historia de una enfermera de hospicio en Michigan tiene que ver con un hombre, un paciente moribundo, a quien ella llamaba Alan. Él estaba sucumbiendo al cáncer de vejiga que había hecho metástasis “en todas partes”. En su lecho de muerte, Alan, de 77 años, un ex ingeniero que era dueño de su propia compañía, supuestamente contó cómo él había tenido un episodio cercano muerte veintidós años antes, durante la cirugía a corazón abierto. La enfermera lo grabó en detalle, al punto que está escribiendo un libro. Fue un evento, le dijo a la enfermera del hospicio, que había cambiado drásticamente su vida; a Alan se le habría mostrado el infierno por el Arcángel Miguel, bajo la dirección de Jesús, que lo salvó después de mucho suplicar; su destino hubiera sido ese si él hubiera muerto en ese momento particular. Había sido frío, egoísta, compañero grosero, sin ni siquiera amor hacia su esposa e hijos, un hombre que se preocupaba sólo por el dinero y su comodidad personal, que se rió de la idea de Dios cuando un anestesiólogo se ofreció a rezar con él. ¿Verdad? ¿Ficción? Lo estamos usando debido a algunas similitudes sorprendentes con otras cuentos cercanos a la muerte, igualmente oscuros. Por alguna razón, curiosamente, las experiencias infierno parecen estar llegando a un primer plano ahora. Parece estar de acuerdo con los signos de nuestro tiempo.

VIO LA SUCIEDAD DE SU ALMA

Como “Alan” dijo, “Yo podría haber sido fue aplastado, completamente aplastado por mi propia pecaminosidad. Vi a mi alma como Dios la ve, y fue horrible“. “Mi alma estaba cubierta de agujeros y suciedad, una inmundicia que había acumulado y amontonado sobre mí mismo de buena gana. Tanto que me había vuelto irreconocible. Como un cadáver en descomposición, cubierto de supuración, rancio, viviendo en suciedad, pero pesándome, gritando mi vergüenza ante mi Dios”. “Debí correr voluntariamente lo que pude, pero no había ningún sitio donde ir. Yo estaba pegado al lugar y obligado a ver todo, y sin excusa, sin alivio, y mi vergüenza creció más y más ante tal Pureza incomprensible”.

LA LLEGADA AL INFIERNO

“Lo siguiente que supe, fue que mis guías y yo estábamos de pie en un valle, completamente desolado y rodeado de enormes montañas negras, puntiagudas y estériles. Su base era profunda, más profundo que el camino que estábamos parados, y que se extendía a profundidades que parecían no tener fin ni fondo. Caminamos por este mismo camino ancho y descendimos lentamente. Al principio el camino era suave, pero a medida que caminamos se convirtió en empinado y resbaladizo. Temía que iba a caer, porque en cada lado de la vía había horribles criaturas, arrastrándose en la oscuridad, gruñendo y maldiciéndome, extendiendo sus manos tratando de agarrar mis talones”.

“Cuanto más profundo fuimos, más pesado era el aire, y más oscuro el ambiente se puso. A lo lejos, oí muy débilmente, un terrible alboroto, peleando, discutiendo y gritando. Yo no quería ir más lejos y pedí a mis ángeles por favor sácame de allí. Me dijeron: ‘Tienes que ver lo que le espera a los pecadores que rechazan a Dios‘. Continuamos yendo más y más hacia una inmensa y viva negritud. Al final de nuestro descenso había una estructura enorme y formidable que parecía no terminar nunca, tanto en profundidad y altura”.
“El temor que se apoderó de mí fue abrumador y yo quería huir, pero fui detenido firme por mis guías ángel. Las inmensas puertas estaban cerradas, cuidadas con enormes pernos negros en la parte exterior. Miguel levantó la mano, los bloqueos se liberaron y las puertas se abrieron. Inmediatamente un nauseabundo hedor llenó mi nariz la quemaba y me daba náuseas. Al igual que la carne podrida en el calor de un sol de verano, o la quema de alquitrán y azufre. Era aterrador y yo estaba tan asustado que me aferré a mi ángel de la guarda. Cuando las puertas abrieron por completo, los sonidos que golpean mis oídos me hicieron temblar de miedo, gritos guturales en un lenguaje que era tan absolutamente asqueroso, que nunca volvería a repetirlo a nadie“.

LAS ALMAS DE LOS CONDENADOS

“La cacofonía de gritos, blasfemias, y llanto continuo llenaban el aire y reverberaban a través de mí llenándome de un miedo intenso y terror indescriptible. Cuando entramos, mi mente se llenó de un conocimiento inmediato de cada una de las almas que vi encarceladas aquí. Fui testigo en este lugar de un sufrimiento tan indescriptible, que las palabras no pueden reproducir todos los aspectos. El hedor y el calor son completamente insoportables. A mi derecha vi unas paredes negras dentro de las que estaban tallados pequeños nichos que se extendían a alturas vertiginosas de la piedra ennegrecida”.

“Había un innumerable número, miles y miles de ellos, cada uno era de forma y tamaño similar. Eran de forma circular y cada uno contenía un alma que estaba encajada en él, incapaz de moverse, incapaz de ajustarse a ninguna comodidad. Sus rostros estaban vueltos hacia fuera, hacia el centro de esta mazmorra, y ellos lloraban, gritaban y maldecían continuamente. Ojos saltones con expresiones de tortura, odio y la desesperación tan insoportable que tuve que apartar la mirada. “¡Mira!” mi ángel dijo: “¡Mira!”

“La desesperación que llenaba a todos y cada uno de ellos era sin tregua. El conocimiento de cada acción que los llevó a este pozo de oscuridad siempre se juzgaba ante sus almas en un flujo continuo de remembranza que sólo ellos podían ver. Además del dolor y la desesperación, sufrían una soledad abrumadora y penetrante“.

“Tan intenso era su sufrimiento que ninguna palabra posiblemente pueda describir semejante horror. Pude ver la causa de su tortura, ya que sus vidas continuamente jugadas ante ellos, se detenía en momentos específicos que mostraban un episodio en particular, un pecado en particular. O una oportunidad de haber hecho el bien, en el que optaron por no hacer nada. Ellos gritaban insultos contra Dios, maldiciendo los nombres de los padres, amantes, incluso a sus propios hijos. Escenas una y otra vez, no sólo de sus propios pecados, sino cómo sus pecados afectaron a otras personas. El daño que habíann causado, cómo sus palabras destruyeron a otras personas”.

“Si otra alma terminó en este abismo debido a sus acciones, también eran responsables de esa alma a tal punto, que se intensificaban sus sufrimientos el doble, triple. Demonios en las formas más horribles, algunos medio animales, algunos de aspecto más humano, se ponían junto a los rostros de ciertas almas gritándoles desde su hoyo en la pared”.

LAS TORTURAS DE LOS DEMONIOS A LAS ALMAS

“Estos demonios agarraban los rostros de los torturados y las almas que sufrían y les abrían sus bocas con sus garras, tan ampliamente que les arrancaban la carne a lo largo de los lados de sus mejillas. Se ponían blancos, como metal fundido, mientras gritaban con horror. Los demonios los empujaban más profundo en su tortura, mientras lanzaban insultos repugnantes contra ellos”.

“Pero un nicho estaba vacío y de pie delante de él había un horrible demonio que me señaló, maldiciendo y riéndose, y luego señaló con el nicho vacío. Supe de inmediato que ese estaba reservado para mí. Me sentí abrumado por el terror y di un paso atrás y grité que sólo aumentó el placer evidente de esa horrible criatura que se abalanzó sobre mí”.

“Clamé a mi ángel y traté de huir, pero me tranquilicé cuando me aseguró que la misericordia de Dios no sólo había impedido que estuviera allí, sino también protegerme contra cualquier ataque de cualquiera de las criaturas en este lugar. Mientras continuábamos más en este abismo, vi una pared desolada llena de celdas. En una celda en particular había un alma horrible, enferma mirando y completamente sucia. Este hombre en particular, en la tierra había manipulado, maltratado, y obligado a las mujeres a ejercer la prostitución. Vi que era un cruel tirano, él daba drogas a las mujeres, las golpeaba con frecuencia hasta que sus cuerpos y sus voluntades estaban completamente rotas”.

“En la tierra era conocido por su crueldad y su codicia y estaba poseído de una lujuria insaciable. Aquí, en su prisión, se veía obligado a experimentar una y otra vez lo que él infligió a las mujeres a su dominio, sólo magnificado a un inimaginable grado. Él era mutilado continuamente por las más horribles criaturas que sin piedad desgarraban su piel, le rasgaban parte de la entrepierna hasta la garganta, exponiéndolo al ridículo y a la humillación increíble”.

“Una y otra vez, cada tortura era superior a la anterior en su brutalidad y crueldad. Gritando sin cesar en busca de ayuda, dejaba escapar gritos guturales suplicando a sus torturadores, que sólo enfurecían su odio y su crueldad hacia su víctima. Al final de cada tortura, su cuerpo se reducía a meros retazos. Su cuerpo, entonces volvía a la normalidad y sus torturas comenzaban de nuevo”.

“Explicarlo con palabras es casi imposible. Todas y cada una de estas almas en este lugar sabían exactamente por qué estaban allí. Veían muy claramente las decisiones en su vida que los encarceló. Usted ve, Dios no nos puso en infierno, nos pusimos nosotros allí. Cada alma en el juicio ve con perfecta claridad su vida como Dios la ve, y entonces se juzgan en su luz. No hay refutación, no hay discusión con Dios, porque sus pecados clama su juicio ante la pureza absoluta“.

“Nuestras acciones, nuestras palabras poco amables, nuestra crueldad, y en última instancia nuestro total rechazo de la gracia de Dios, es lo que decide nuestro destino. Se le da a cada alma, incluso hasta el último momento de nuestra vida, la elección de aceptar a Dios o rechazarlo. Las almas en el infierno son las que lo rechazan, rechazan su amor, rechazan su gracia, y lo más importante rechazan su misericordia, incluso hasta el final. Incluso después de que lo han visto, se lanzan en este abismo porque es peor quedarse de pie delante de él, que estar en la oscuridad“.

EL LUGAR DE SATANÁS

“A medida que continuamos más abajo hacia el centro del infierno, el ruido y la confusión total proseguía en su escalada más profunda y las torturas infligidas a las almas se volvieron más y más horripilantes.Rápidamente bajamos hasta que llegamos a lo que parecía ser la parte inferior de una enorme fosa que contenía una celda inmensa. Sus puertas eran tan gruesas como altas y se abrieron a la orden de San Miguel. Cuando se abrieron las puertas, un humo nauseabundo vomitado desde su centro envolvió todo lo que estaba a nuestro alrededor”.

“Mi ángel levantó su mano cuando nos acercamos a la celda, que estaba llena de una luz brillante. En las paredes había lo que parecían ser serpientes y sabandijas de tamaño sobrenatural, y se deslizaban y se escabullían. En el centro de este calabozo había un gran trono que hecho de oro y monedas de plata, y aunque sucio y manchado, se amontonaban en pilas que forman una forma básica de trono, y era enorme. En su base habían almas de seres humanos, algunos con piel, algunos sólo huesos, todos en diferentes grados de descomposición y cubiertos de gusanos”.

“Cuando los huesos estaban completamente desnudos y toda la carne había caído o había sido devorada por los gusanos, de inmediato se cubrían de piel y todo empezaba de nuevo, ardor, putrefacción, mordiscos. Estas almas estaban completamente inmóviles bajo el peso de este enorme trono. Detrás de mí, sentí una presencia aterradora. Una presencia tan completamente mala y tan llena de odio que yo quería correr, pero aterrorizado, estaba congelado en el lugar”.

“Sentí que se me acercaba, con su aliento caliente que fluía sobre la parte de atrás de mi cuello. Tan completo era su odio hacia mí, que me pareció que el odio me pesaba y me hundía. Instintivamente supe quién era este y sabía que él estaba permanente en su estado. No sólo no iba a alterar su destino, él nunca lo desearía, nunca. Su condena se fijó para siempre y se cementó en oposición completa y total a Dios”.

“Él odiaba por completo todo lo que Dios es, y por lo tanto odiaba más allá de las palabras todo lo que Dios ha creado. En el infierno, él vomita todo su odio en todas y cada una de esas almas encarceladas en el infierno”.

“Estas almas son bombardeados constantemente por él, y están constantemente recordando que podrían haber tenido el Cielo, pero que optaron por el infierno. Ellos recuerdan la belleza de Dios, y ahora están separadas para siempre de ella. Podrían haber tenido amor, paz y la completa felicidad, y en su lugar lo han perdido por toda la eternidad. Hay un gran número de niveles del infierno y cada alma está condenada de acuerdo con sus crímenes. Estas torturas continúan sin cesar y repiten una y otra vez, llevado a cabo por millones y millones de demonios dispuestos”.

ATAQUE SE SATANÁS Y EL PERDÓN

Alan hizo una pausa en el relato de su historia. “Lo siento”, dijo a la enfermera, que está escribiendo un libro acerca de tales experiencias.

Se inclinó hacia delante y se ajustó en la cama. Y Luego continuó: “Nada puede describir la presencia del mal porque él no se parece a nada de este mundo. No puedo expresar lo suficiente su odio, y su odio en ese momento fue dirigido completamente a mí. Mi alma se llenó de una desesperación opresiva, abrumadora, cuando le oí burlarse de mí, no en voz alta, pero podía oír sus palabras sucias dentro de mi mente. Procedió a decirme por qué yo pertenecía a él y a todos los pecados que siempre había hecho. En mi mente yo traté de tranquilizarme con lo que los ángeles me habían dicho antes, cuando otra acusación me fue arrojada cada vez con mayor rapidez y fuerza. Su voz astuta y vulgar me acusaba y me llenaba con tal desesperación que le rogué a mis guías que me llevaran lejos, lo que sólo intensificaba su burla hacia mí, una tras otra, después de otra”.

“Miguel levantó la mano, lo que detuvo el ataque de satanás sobre mí, y con una atronadora, majestuosa voz Miguel gritó: ‘¡Basta! Todo ha sido perdonado!'”.

“Una luz brillante emanaba de mis guías, cada vez más y más brillante que yo veía a satanás acobardado para alejarse de él. Él empezó a aullar, lanzando blasfemias contra nosotros con un rugido atronador tal que las paredes de esta mazmorra deberían haber sido destrozadas. Rápidamente y con fuerza salimos de ese pozo, a través del camino que habíamos venido y hacia atrás a través de las puertas de ese horrible lugar”.

“Las puertas se cerraron y los enormes pernos se colocaron con fuerza en su posición anterior, encerrando a sus habitantes para siempre. Volamos hacia arriba, disparando a una velocidad cada vez mayor y podía oír los gritos blasfemos de satanás lentamente disminuyendo. Luego, al instante, estaba fuera de ese horrible lugar y de nuevo en la luz, lejos del calor y el hedor del infierno. Yo estaba tan agradecido de estar fuera de ese pozo negro de suciedad, que lloré”.

“Aferrado a mi ángel de la guarda, le di las gracias por sacarme de allí. Llegamos a una parada y Miguel se volvió hacia mí y me dijo: ‘Sólo has visto una pequeña muestra de los horrores del infierno. ¡No lo olvides!”

DE VUELTA A LA TIERRA Y EL CAMBIO DE VIDA

“Cuando mis guías desaparecieron me lanzaron de nuevo, esta vez por mi cuenta a través de un túnel muy estrecho. Abrí los ojos y estaba tendido en la espalda con un tubo en mi boca. Médicos y enfermeras me rodeaban, me decían que iban a quitar mi tubo de respiración“.

“Mi cabeza me daba vueltas y mi pecho estaba con un dolor horrible mientras intentaba respirar. Yo estaba confundido y asustado y no podía mover los brazos o las piernas. En esta confusión, pensé que ya no me podía mover, tal vez me habían empujado a mi agujero en la pared del infierno. Me puse frenético y traté con todo lo que tenía de zafar de lo que estaba sosteniendo mis brazos y piernas. Entonces oí la voz de mi médico explicando de nuevo que me relajara, que la cirugía había terminado y que me iban a quitar mi tubo de respiración. Entonces me di cuenta de que estaba en la tierra, en el hospital y nunca estuve tan feliz de estar aquí y no en el infierno”.

“Nada en mi vida es lo mismo”, supuestamente dijo en conclusión. “Le pedí a un sacerdote que viniera tan pronto como fuera posible”.

“Estaba desesperado y le dije a las enfermeras que tenían que darse prisa y conseguirme un sacerdote. Ningún sacerdote estaba disponible hasta el día siguiente y esa noche no dormí. Yo no había estado en confesión desde la escuela primaria y no había ido a misa desde que estaba en la escuela secundaria”.

“Cuando el sacerdote llegó al día siguiente, le pedí que escuchara mi confesión. Busqué con las palabras, sin saber por dónde empezar, pero con paciencia hablé él. Tomó tres horas, pero confesé todo“.

“Después de llegar del hospital, y después de que me recuperé y conseguí fuerzas, me senté con mi mujer y me disculpé con ella por todo. Luego fui a cada uno de mis hijos, todos mayores, algunos de ellas con sus propios hijos, y me disculpé con ellos porque yo les había fallado por completo”.

“Al principio creyeron que me había vuelto loco, pero al final perdonaron. Estamos muy cerca ahora, y he probado todos los días mostrarles cuánto los amo. Le tomó a Regina mucho tiempo perdonarme, porque estaba muy molesta con nuestra vida de casados, que no confiaba realmente que yo había cambiado. Eventualmente, ella perdonó y hemos estado cincuenta años juntos. Sí, ella tomó a este viejo pecador y ¡alabado sea Dios por eso!”

Él levantó la mano izquierda y giró su anillo de bodas con el pulgar.

“He pasado cada momento desde luego haciendo las paces con ella y con Jesús. Rezo todo el tiempo, todo el día y voy todos los días a Misa y a Comunión.Regina y yo estamos mejor ahora que nunca hemos estado y ahora estamos tratando con este tipo de cáncer. Ella está teniendo un momento difícil para aceptar esto, así que ha seguido mucho más que yo esta enfermedad y sé hacia donde voy. Yo sé que me estoy muriendo. Añoro el día, pero no pueda compartir eso con Regina, pero yo digo que no puedo esperar“.

SU PARTIDA
Él sonrió por encima a la enfermera.

Es todo un cuento ¿no? No puedo decirle cuántas veces me he dicho esto, y cada vez que lo pienso no puedo dejar de llorar, porque yo casi no lo logré. Casi terminé en ese lugar horrible, y con razón. Pero Jesús, en un acto de increíble e inmerecida misericordia cambió todo. Sé que pase lo que pase, la gente necesita darse cuenta de que nada es imperdonable porque Jesús es más grande que cualquier pecado. Pero no puede perdonar si no estamos dispuestos a pedir perdón”.

Alan se acercó y le apretó la mano.

Todo lo que tenemos que hacer es amar. Si te gusta, sonríe, es muy simple. Difícil algunos días, pero simple”.

Dijo nuestra enfermera:
“Alan siguió disminuyendo con el sangrado de la vejiga. Ni una sola vez lo oí quejarse Una tarde de abril llegué al trabajo y de inmediato fui a ver cómo estaba. Estaba empapado en sudor y con un gris pálido enfermizo. Le limpié y le cambié de ropa y su vestido. Cuando terminamos, él me miró y susurró:
‘Está a punto de terminar. Siento a Jesús que viene’. Me incliné y lo abracé, con el corazón roto porque mi amigo se estaba muriendo. Alan me sonrió y dijo: ‘Recuerda, es muy simple’. Alan murió en paz a las tres de la mañana, rodeado de su esposa e hijos”.