miércoles, 17 de marzo de 2010

DESEOS DE AMAR ADIOS


Posiblemente el deseo de amar a Dios, sea el deseo más fundamental de toda la vida espiritual de un alma.
En el orden espiritual, desear es poseer, el que desea ya posee. Si deseamos a Dios, sin saberlo ya estamos amando a Dios y lo que es más importante estamos en el camino de poseerlo.

El amor que nosotros tenemos a Dios, no es una creación nuestra, tal como puede ser el amor que podamos tener a otra criatura humana. Es diferente, porque tenemos que partir del principio de que todo amor nace de Dios y solo de Él, nosotros solo somos pobres criaturas que aunque estemos locamente enamorados de Él, solo seremos capaces de devolverle una ínfima parte, del tremendo amor que el nos tiene. A este respecto escribe San Juan: Carísimos amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor. (1Jn 4,16). Todo el amor procede de Dios y solo de Dios, nos dice el discípulo amado, y San Pablo en su Epístola a los romanos nos dice, que este amor ha sido derramado sobre todos nosotros: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Aleluya. (Rm 5, 5; 8, 11).

Estas afirmaciones sobre el amor las reitera San Juan, en su harto conocida aseveración de que: Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios, y Dios en él. (1Jn 4,16). Por lo tanto es muy claro el tema. Nosotros no damos lo que no hemos creado, sino lo que hemos recibido y hemos recibido el inmenso amor que Dios nos tiene y este es el soporte que utilizamos, para primeramente amarle a Él, y luego a sus criaturas, que son nuestro prójimo. Se equivoca, aquel que pretende amar a los demás sin pasar primeramente por el amor a Dios. Nosotros solo podemos dar lo que tenemos y ateniéndonos a la conocida frase de San Agustín: “¿Qué es lo que tú puedes dar, que antes no hayas recibido?” Nadie puede dar más que el amor que ha recibido previamente de Dios.

Es plenamente evidente, para aquellas almas que están enamoradas de Dios, que Él tiene un tremendo deseo de que acudamos a Él; por ello, si resulta que un alma tiene el deseo de amor a su Creador, ya lo está amando y recibiendo el aluvión de divinas gracias que dispensa a sus elegidos. ¡Quizás! alguien pueda pensar: yo deseo amar a Dios pero no veo ese aluvión de gracias, que según lo que leo y me dicen, Dios dispensa. ¡Paciencia! todo se andará, Dios nunca tiene prisa. En el desarrollo de la vida espiritual, es esencial la perseverancia y esta para ponerse de manifiesto, necesita el soporte del tiempo. Todo transcurre con lentitud, poco a poco, ni siquiera nosotros mismos nos damos cuenta de la transformación que vamos teniendo, cuando nos entregamos a una vida de piedad.

La gracia divina no es un chaparrón de efectos inmediatos, es un chirimiri o calabobos, es una constante densa, mansa, pertinaz y fina llovizna, que cuando nos queremos dar cuenta, estamos empapados y calados hasta los huesos. Todos nuestros deseos de carácter espiritual, nacen como consecuencia de mociones e inspiraciones del Espíritu Santo y esto es mucho más evidente y se pone más de manifiesto, en el deseo de amarle a Él. Este deseo genéricamente afecta a todos, Dios lo derrama sobre todas las personas, pero con carácter especial sucede en determinadas almas, que por las razones que sea, el las elige de un modo especial. En general, esto suele ocurrir con almas que han llevado una vida de alejamiento y también incluso de ofensas constantes al Señor y en un momento determinado sufren una conversión, que vista desde el exterior por los demás, deja sorprendidos a los que la contemplan. Acerca de la conversión de las almas y en general de los deseos humanos, dice San Juan de la Cruz: Cuando Dios infunde un deseo en el corazón del hombre, es señal de que quiere otorgarle las gracias necesarias, porque Dios no hace desear nada que no quiera darnos.

El deseo de amar a Dios, genera otros deseos en el alma que se siente tocada por el fuego de la zarza ardiendo que vio Moisés en el Sinaí y que nunca se consumía. Porque el amor a Dios es un fuego que abrasa al alma del que a Él se entrega. Es un fuego que quema, pero las quemaduras que produce este fuego, avivan más en el alma humana, el deseo de quemarse más aún, de dejarse envolver por ese calor de amor, que enloquece al alma que lo siente.

Todos somos distintos, hemos sido creados por Dios de forma diferente en razón del cuerpo y también del alma, y cada uno de nosotros tenemos un distinto camino de acercamiento a Dios. Esto determina una distinta forma de sentir el calor del amor a Dios, para aquellos que lo sientan, porque ellos que quieren sentirlo, trabajan en este deseo y lo buscan. Las experiencias espirituales de un alma, también son distintas unas de las de otras, cada una tiene la suya. Ahora bien, una cosa es la forma y otra la intensidad y cualesquiera que sea la forma que tengamos de percibir el calor del amor de Dios a nosotros, lo que si podemos estar seguro, es que este irá variando de acuerdo con la fuerza que tenga nuestra pasión de amor a Él.

Lo que hemos de procurar y pedirle a Él, si queremos avanzar en este camino es que el deseo de amarle a Él, ahogue y anule el resto de nuestros deseos humanos. Que nos otorgue el deseo de no tener otros deseos más que los que sean sus deseos, sobre cada uno de nosotros. Y si no somos capaces de entregarnos hasta este límite de carecer de deseos por amor a Él, que al menos nuestros deseos siempre se queden subordinados al deseo de amarle a Él.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

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