jueves, 21 de junio de 2012

PERDONANDO


Innumerable veces hemos sido testigos de cómo el Perdón a nuestros enemigos desencadena la acción salvífica de Dios.

La oración que el Señor nos enseñó dice claramente: “perdónanos como nosotros perdonamos. Mt 6, 12. Otros textos también así lo afirman.

Por otro lado, casi todas las veces que Jesús promete la eficacia de la oración y la respuesta a nuestras peticiones la une y la hace depender del perdón.

Muchos piensan que perdonar es perder y no se dan cuenta que es ganar, porque así Dios nos libera de nuestros odios y resentimientos; nos asemeja a Jesús que amó y perdonó a sus enemigos y nos abre al perdón y la gracia de Dios.

El siguiente testimonio así lo muestra:

Una vez sentí que el Señor me estaba pidiendo perdonar a una persona que me había hecho mal. Como yo no estaba dispuesto a renunciar a la venganza, me resistía y presenté la siguiente excusa:

-Señor, ¿para qué quieres que ore por ella si de todas maneras Tú que eres tan bueno la bendecirás aunque yo no te lo pida?

Y una clara voz interior me contestó:

-Necio ¿no te das cuenta que al orar por ella el primer sanado serás tu?

Perdonar es resucitar en nosotros la nueva vida traída por Jesús. Perdonar y pedir perdón es como un relámpago que anuncia una lluvia fecunda.

El testimonio de Evaristo llegado al P. Emiliano Tardif muestra como perdonar es sanar.

Desde muy pequeño, serios problemas con mi padre me obligaron a dejar la casa.  Yo pensaba que el tiempo sanaría todos esos amargos recuerdos de mi infancia, pero no fue así. Viví siempre cargando mi historia dolorosa. Dios me concedió la gracia de conocer la Renovación Carismática por la cual Él me liberó de muchas ataduras, dándome un fuerte impulso en mi vida de fe. Sin embargo, había algo que me faltaba: yo no tenía esa alegría espontanea y natural que veía en toda la gente de la Renovación. Vivía amargado y aburrido.

Así pasaron algunos años hasta febrero de 1977 cuando mi padre cayó gravemente enfermo. Yo sabía que estaba ante la última oportunidad para reconciliarme con él, pero no tenía fuerza ni valor para hacerlo. El día 13, mientras el agonizaba, yo luchaba en mi interior pues sentía que no tenia fuerza para perdonarlo. Me puse en oración y le dije al Señor:

-Yo solo no puedo, Señor.

Una voz interior me respondió muy claramente y me dijo:

-Tú solo no puedes, pero en mi nombre si puedes. Todo es posible para el que cree.

Con la fortaleza del Señor me acerqué a mi padre y lo abracé, perdonándolo de todo corazón. Y no solo eso, sino que también le pedí perdón con lagrimas en los ojos.

El rostro agonizante de mi padre se transfiguró; o tal vez lo que pasó es que yo lo veía con ojos diferentes porque el Señor me había transformado a mí. Lo amaba con el corazón de Cristo Jesús y lo abrazaba con sus brazos.

Desde ese día comencé a entonar un canto nuevo a nuestro Dios, una alabanza de alegría que no se ha agotado en siete años. El Señor me ha hecho ver su gloria gracias a esta sanación interior a través del perdón. Ahora si soy feliz, proclamo alegremente que el señor hizo maravillas y doy testimonio de que todo lo puedo en Aquel que me conforta.

Otro testimonio muy bello es contado por Olga G. de Cabrera, de Guatemala.

Por diez años estuve sufriendo unos intensos dolores de mis piernas y brazos que se fueron deformando. Visité quince médicos en busca de mi sanación y uno de ellos me dijo que era necesario amputarme la pierna izquierda. El primero de mayo de 1976 quedé completamente inválida. Debía pasar el resto de vida en cama y en mi silla de ruedas que yo tanto odiaba.

Sabiendo que había una Misa por los enfermos en el gimnasio tomé la decisión de asistir en mi silla de ruedas. Me colocaron hasta adelante. Cuando entró el Cardenal Casariego se detuvo frente a mí, tomó mis manos entre las suyas, y me dijo: “El Señor te ama y hoy te va a sanar”.

Cuando comenzó la oración de curación interior lloré mucho y perdoné de corazón a los que tanto daño me habían hecho. Luego cuando el P. Tardif oró por la sanación corporal yo sentía que algo me empujaba y me decía: “levántate y camina”. Sentí primero un fuerte calor y luego un escalofrió. Con los ojos llenos de lágrimas me levanté y comencé a caminar frente al altar.

El Señor es tan maravilloso que me sanó físicamente, moral e interiormente. Bendito y alabado sea por siempre su Santo Nombre. Gloria a Ti, Señor, Rey del Universo.

P. Tardif

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