lunes, 26 de mayo de 2014

DIARIO DE UN CURA CUALQUIERA


Entro de lleno en el año 50 de mi sacerdocio. Es tiempo de reflexión y acción de gracias. Y quiero aprovechar esta oportunidad para ir publicando una joya que un día me encontré en el archivo de una vieja parroquia encomendada a mi labor pastoral. Leyendo las vetustas páginas manuscritas con bellísimos caracteres, pensé que podría servir de reflexión a mí y a mis amigos. Antes de nada

Un aviso para el lector a modo de prólogo
Amigo lector, acabas de abrir el libro que tienes en tus manos, seguro que atraído por la curiosidad del título. No abundan en el mercado librero los diarios de curas. Posiblemente porque los curas somos reacios a publicar nuestras intimidades, pensando que pueden tener poco interés. Puede ser también que las editoriales no consideren el tema como muy comercial. O posiblemente puede haber otra razón: que estemos los curas tan hartos de que sólo interese de nosotros lo negativo, el chismorreo, o el posible escándalo para llenar portadas y pantallas, que no nos animemos a airear lo normal de una vida entregada al servicio de los demás, con sus luces y sus sombras, por miedo a no ser creídos. Sólo he leído tres obras publicadas sobre el tema. Una de ellas la célebre novela de Bernanos Diario de un cura rural, donde espléndidamente se narra la historia ficticia de un joven cura de pueblo. Otra obra, ya más ceñida a la historia verdadera, es Un cura se confiesa, del gran cura literato que fue Martín Descalzo. Finalmente, otra de carácter más espiritual y ascético titulada Vasija de barro, de Leo J. Trese. En cuanto a películas y series televisivas son abundantes los temas que utilizan la figura del cura para entretener, desorientar, e incluso desprestigiar escandalizando. Le oí decir a alguien: “cuando sacan a un cura en la pantalla o en el periódico me hecho a temblar, porque presentan cada mamarracho que nada tiene que ver con la realidad”.

Lo que yo trato de presentar aquí no es una novela, ni mucho menos una crítica o juicio negativo contra actitudes o criterios contrarios a mis principios. Tampoco pretendo hacer una apología del sacerdocio color de rosa, como si fuéramos querubines. Intento narrar la realidad de una vida singular, como es la del sacerdote, con sinceridad, con humildad, pero con el orgullo sano de tener esta vocación para servir a Dios y a los hombres, que nos obliga a ser santos, pero que cuenta con la fragilidad del soporte humano que somos cada uno de nosotros.

Tengo que decir que no ofrezco exactamente mi diario, que pienso que tiene poco valor, sino el de un hombre ignorado, totalmente desconocido, que seguro que está gozando de la gloria de Dios, y que un día calló en mis manos sin pretenderlo. Hurgaba yo entre los libros y documentos del viejo archivo de mi parroquia tratando de encontrar unos datos históricos para un artículo, cuando me tropecé con un legajo de papeles atados con un hilo fino. Se notaba el paso del tiempo por el color pardusco de las hojas, todas escritas con pluma y buena letra. En la primera página se leía este título: Notas de mi vida. Y más abajo el nombre del autor y la fecha: Fernando López Lorente, año de gracia 1888.

Me llevé una grata sorpresa. Abandoné la búsqueda del documento que precisaba, coloqué el legajo sobre la mesa de despacho, desaté el hilo con cierta dificultad, y me enfrasqué con avidez y enorme curiosidad en la lectura de esas añejas páginas. Un antecesor mío, que Dios sabe dónde paran sus restos, había dejado allí su mejor herencia, la historia de su vida sacerdotal en el siglo XIX. Realmente era un feliz hallazgo, pues este tipo de perlas no se encuentran todos los días.

Después de ojear todo el legajo, y tomar conciencia de lo que tenía entre mis manos, me enfrasqué en esta historia ignorada, pero sin duda de especial interés para mí. Realmente era emotivo tener un alma abierta delante de ti que te contaba, después de tantos años, lo que había vivido con toda sinceridad, sin eludir ninguna cuestión como pude comprobar al ir avanzando en su lectura. Al llegar a la última página, después de varios días, pensé que aquello merecía ser conocido. Enseguida me vino la idea de airear esas notas tan preciosas de un alma enamorada. No podían volver a la oscuridad del archivo, y tal vez al olvido para siempre, si no a la basura por obra de cualquier desaprensivo que no apreciase el valor histórico y espiritual de aquellos papeles, tanto tiempo dormidos. No, no podían volver al silencio de los muertos lo que realmente estaba vivo, porque allí había espíritu, y el espíritu nunca muere.

Lo comenté con un amigo y me animó a darle forma para intentar publicarlo. Después de un tiempo, tras un curso ajetreado, me arremango un poco y me meto de lleno en la tarea. Tal vez el lector se sienta un tanto decepcionado pensando que era el diario de un cura de hoy, en este caso mi propio diario, y se encuentra con unas viejas notas que poco tienen que decir en la actualidad a un mundo tan distinto como el nuestro. Que no se desanime el lector. Este diario no es copia exacta de aquellas viejas notas. Es una transcripción al mundo de hoy de un espíritu que es eterno. Las palabras textuales que se ofrecen de los viejos papeles aparecen en cursiva para mayor claridad en la lectura y entendimiento de la exposición. Sin ser mi diario, sí procuro meterme de lleno en las amarillentas páginas, y apoyar con mi experiencia y criterio las situaciones, los ideales, los planteamientos pastorales, los éxitos y fracasos, las luces y las sombras de una vida sacerdotal, llamada a ser sal de la tierra y luz del mundo, y que no siempre lo consigue, por deficiencia propia, por pura fragilidad, o por falta de aceptación de un pueblo de dura cerviz.

Una cosa me ha llenado de serenidad, y es el comprobar que hombres de todos los tiempos, con vocaciones idénticas pero en circunstancias distintas, han luchado por lo mismo, sufriendo exactamente igual las contrariedades del ambiente, la indiferencia de muchos, y el amor y la comprensión de los limpios de corazón. El Evangelio es para siempre y se cumple todos los días, y fue predicado, vivido y escrito hace dos mil años. Se le puede considerar como el diario del primer sacerdote, que es Jesús.

Quiero terminar estos avisos previos, indicando que al publicar estas páginas he tenido especialmente en mi mente a tantos sacerdotes, de distintas edades y talantes, que trabajan seriamente en el campo de la Iglesia, que es el mundo, para que lo sigan haciendo con ilusión. Igualmente a los chicos que se preparan en los seminarios con el ideal de llegar a ser curas un día, para que les anime siempre el espíritu de lucha por una vida sacerdotal santa. Y a la multitud de personas, fieles o no, que acompañan, valoran, juzgan, o tal vez desprecian la condición sacerdotal, con la esperanza de que al menos nos comprendan, nos perdonen los fallos, y nos ayuden a cumplir nuestra misión evangélica, y también nos dejen ayudarles, que para eso estamos. Espero haber cumplido con mi sana intención.

Juan García Inza

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