miércoles, 28 de octubre de 2015

¿QUEREMOS SER PERDONADOS POR NUESTROS PECADOS? ESTA ES LA GUÍA PARA ENCONTRAR LA VERDADERA MISERICORDIA DE DIOS


La Verdadera Misericordia Cristiana.

Con el año de la Misericordia comenzando en pocas semanas han aumentado las menciones a la misericordia, pero muchos trasladan lo que el mundo llama misericordia a la misericordia cristiana, algo de eso ya hablamos en La Corrupción de la Compasión.

La misericordia supone basarse en el amor a los pecadores y en la justicia según el cristianismo, y no implica la tolerancia del pecado sino la reconducción y acompañamiento del pecador para salir del pecado.

¿AMOR O MISERICORDIA?

El papa Francisco está apareciendo a los ojos del mundo como el campeón de la misericordia, pero su lenguaje populista y poco preciso – que contrasta con el su antecesor Benedicto XV – ha generado entre los católicos una confusión que parte de una mala interpretación del hincapié de Francisco sobre la misericordia.

A fin de aclarar el alcance del término se hace indispensable un poco de teología.

No está bien decir que el principal atributo de Dios es la misericordia, pues su atributo principal es el amor, ya que el amor surge entre las tres divinas personas (de la Trinidad) desde la eternidad misma.

La misericordia es el rostro del amor cuando éste se dirige al pecador; por tanto, decir que la misericordia pertenece a la naturaleza propia de Dios es una equivocación, porque supondría que el pecado existe al interior de Dios.

LA MISERICORDIA NO HACE PASAR EL PECADO

Esto tiene importancia porque muchos reciben el mensaje de que la Divina Misericordia equivale a negar la realidad del pecado, como si éste ya no importara más, pero lo que sucede es el caso contrario.

Hablar de misericordia es estar intensamente atento al pecado y su peculiar modo destructivo; o, para destacar una de las metáforas favoritas del Papa, se trata de estar muy consciente de que uno está tan gravemente herido que no requiere un tratamiento ligero sino la atención de emergencia y completa que proporciona un hospital cercano al campo de batalla.

Recuerda que hace dos años, al ser interrogado por un famoso presentador sobre cómo se describiría, el Papa dijo: “un pecador que recibió la atención del rostro de la misericordia”.

Recuerda también que el adolescente Mario Bergoglio entró a una relación profunda con Cristo, que cambió su vida, a partir de una intensa experiencia en el confesionario.

PECADORES QUE RECIBEN MISERICORDIA

Como lo han señalado muchos, el papa Francisco habla del diablo con más frecuencia que sus predecesores de reciente recordación; él no reduce el poder de la oscuridad a una simple y vaga abstracción o a un símbolo inofensivo, él entiende que satanás es un personaje real y muy peligroso. Pero su intervención no reduce la culpa del pecado.

También cuando el papa Francisco habla de los marginales, él se refiere sin duda a la gente que está en desventaja económica y política, pero también se refiere a la gente que está excluida de la vida divina, de la gracia y que, por tanto, es pobre en lo espiritual.

Y del mismo modo en que él se acerca a los marginados materialmente para llevarlos al centro, también se acerca a aquellos ubicados en la periferia existencial para llevarlos a una mejor ubicación.

Refiriéndonos a la misericordia y a la inclusión, el Papa no declara “yo estoy bien y tú estás bien”; él está llamando a la gente a convertirse; como decía el cardenal Francis George, “Todos son bienvenidos en la Iglesia, pero con los términos de Cristo”

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR?

En ningún otro lado ha habido mayor confusión que en relación a la célebre acotación del Papa referida a un sacerdote de orientación homosexual: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Apostaría que el 95 % de los que captaron esas palabras entendieron que, en lo que concierne al Papa, la actividad homosexual no es realmente pecaminosa.

Siendo arzobispo de Buenos Aires no se destacó por ser un defensor de la apertura a la homosexualidad, por lo que sus defensores dicen que la frase del Papa respondía a la hipótesis de que un sacerdote con atracción por su mismo sexo hubiera caído en el pasado y actualmente estuviera esforzándose por vivir de acuerdo con las leyes morales.

De cualquier forma, esa imprecisión y populismo estilo peronista que maneja Francisco en sus palabras generan confusiones, y más aún si no se salen a aclarar los malos entendidos, especialmente cuando no lo hizo sobre este tema.

La Iglesia no apuesta a un liberalismo “vale todo”. Y al respecto nos lo recordaba san Agustín hace mucho tiempo: la misericordia y la miseria son dos caras de la misma moneda.

Pero hay otro tema más: la relación entre misericordia y justicia, que está siendo mal entendida, y para aclararlo vayamos a lo que ha dicho el célebre obispo norteamericano Fulton Sheen, un mediático también como el Papa Francisco.

EL VENERABLE FULTON SHEEN SOBRE LA MISERICORDIA Y LA JUSTICIA

Sheen dice que a medida que la humanidad se va ablandando, utiliza cada vez más la palabra misericordia; ello parecería una característica elogiosa si la misericordia fuera correctamente entendida, pero demasiado frecuentemente con esta palabra se denomina a permitirle a cualquiera quebrar la ley natural o la divina, o traicionar a su país.

Semejante misericordia es una emoción -y no una virtud- cuando justifica el que un hijo mate a su padre porque éste es “demasiado viejo”. A fin de evitar cualquier imputación de culpa se le llama “eutanasia” a lo que de hecho es un asesinato.

En tales argumentaciones de misericordia se ha olvidado el principio de que la misericordia es la justicia perfeccionada; la misericordia no se da primero y luego la justicia, sino que es a la inversa: la justicia viene primero y luego la misericordia.

El divorcio de la misericordia y la justicia es sólo sentimentalismo, así como es sólo severidad el que la justicia se separe de la misericordia.

La misericordia no es amor si se separa de la justicia. Quien ama alguna cosa debe evitar lo que destruiría el objeto de sus afectos.

Existen ciertos crímenes en los que el tolerarlos equivale a aceptar su implícito error. Aquellos que reclaman la liberación de los asesinos, traidores y similares criminales, apoyándose en que debemos ser “misericordiosos como Jesús lo era”, se olvidan de que el mismo Salvador Misericordioso también dijo que no venía para traer la paz sino la espada.

Así como una madre demuestra amar a su hijo odiando la enfermedad que devastaría el cuerpo del chico, así Nuestro Señor demuestra que ama la bondad odiando el mal que devastaría las almas de sus creaturas.

Para un médico ser compasivo con los gérmenes de la polio presentes en su paciente, o para un juez tolerar la violación, sería descender a la categoría más baja, tal y como lo sería para Nuestro Señor mostrarse indiferente al pecado.

Una mente que nunca es estricta ni se indigna por nada… o carece de amor o es nula para distinguir entre el bien y el mal.

EL AMOR, LA MISERICORDIA Y LA JUSTICIA DE JESÚS

Sheen también acota que el amor puede ser estricto, imponente e, incluso, feroz, como lo fue el amor del Salvador; ese amor expulsa a los mercaderes de los templos, les niega la cortesía del diálogo a los reducidores de la moral como Herodes para así no acrecentar su culpa, se vuelve al Procurador Romano que se ufana de la ley totalitaria y le recuerda que él no tendría poder si no fuera porque Dios se lo concedió.

Cuando no funciona una amable sugerencia con una mujer junto al pozo, Jesús va directamente al grano y le recuerda sus cinco divorcios.

Cuando los así llamados hombres justos o fariseos iban a sacar a Cristo del camino, El desenmascaró su hipocresía y los llamó “raza de víboras”.

Cuando Él supo del derramamiento de sangre de los galileos, con enorme rudeza dijo:

“Todos ustedes perecerán igual que ellos si no se arrepienten”.

Igualmente estricto se mostró el Salvador con aquellos que ofendían a los pequeños dándoles una educación conducente al mal: “Si cualquiera escandaliza a uno de estos pequeños que cree en mí, más le valiera ser ahogado en el fondo del mar con una piedra de molino atada al cuello”.

LA MISERICORDIA EXIGE JUSTICIA

Si la misericordia significara perdonar todas las faltas sin una retribución y sin justicia, terminaría convertida en la multiplicación de errores dice Sheen.

La misericordia es para quienes no abusarán de ella y no lo hará ningún hombre que empiece a corregir el error, que es lo que demanda la justicia.

Lo que algunos llaman ahora “misericordia” no es verdadera misericordia, sino un lecho de rosas preparado para quienes le fallan a la justicia; al proporcionarles ese beneficio no hacen más que multiplicar la culpa y la maldad.

Volverse depositario de la misericordia no es lo mismo que quedar libre de exigencias, pues como lo dice la Palabra de Dios: “A quienes Él amaba, Él corregía”.

El hombre moral no es el hombre melindroso, o aquel que extrae sus emociones de la parte más estricta de la justicia.

En cambio, el hombre moral es aquel cuya amabilidad y misericordia son parte de un ente mayor, cuya mirada puede encenderse por la indignación que es justa y cuyos músculos pueden ponerse tan duros como el acero al defender – como el arcángel Miguel- la Justicia y los Derechos de Dios.

FUENTES:




Colaboración de Víctor Alvarado de Perú, “Por el favor de María, servidor de Cristo”

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