lunes, 26 de junio de 2017

UNA ÉPOCA AZUL


Un bellísimo texto que nos invita a tener más amor y confianza en la Madre de Dios que también es Madre nuestra: María.
Hoy recabo la presencia de un amigo, pequeño, zascandil, chisgarabís y poeta. Esto último le salva. También se orna con ribetes de filósofo, y a menudo me interroga sobre ciertas grandes cuestiones que escrutan los sabios (no siempre con éxito). Pero se muestra seguro en asuntos como el que ha de ocuparnos enseguida. Lo encontré en Belén, pero lo había visto ya en Nazaret, cuando el Arcángel San Gabriel anunció a María.

Ahora dice hallarse en una época azul. Sucede, en su opinión, que el azul es el color mariano por excelencia, y basta que se abra un claro entre las nubes para que exclame con entusiasmo:
– ¡Mira, el manto azul de la Virgen!

A su juicio, el cielo visible, cuando está limpio, es el manto de la Madre de Dios. Así, siempre, dondequiera que va, se encuentra guarecido, seguro, entero, firme, inexpugnable bajo los pliegues del manto -inmenso o breve, según se mire-, pero siempre humano. Porque -como ha leído en algún lugar-, para quien lo sabe amar el mundo pierde el disfraz de infinito «y se hace pequeño como una canción, como un beso de lo eterno».

El ama tiernamente los cielos tersos, los lagos altos, limpios, tranquilos de la montaña y los mares sosegados del mediodía. En ellos percibe con todos los sentidos la presencia de la Inmaculada.

También gusta de contemplar, bajo el manto azul, cómo vienen las nubes de lejos, enormes blancuras que se arrebolan, forman y deforman, se hacen y deshacen con belleza fascinante ante su mirada absorta. Son pinceladas divinas, luces de maravilla con las que juega la Luz, envidia de Velázquez, Goyas y Tizianos. Al fondo, siempre el azul, dando unidad y armonía al cuadro entero; es lo permanente, lo eterno que presta al alma aquel sosiego sin el cual no vive.

Yo le pregunto:
-¿Y de noche, no lloras un poco?
Entonces abre los brazos, solemne, y sentencia:
-Donde el sol se oculta, estalla el cielo. Si de noche lloras por el sol, no verás las estrellas. Nunca se debe llorar o temer. La luz no ha desaparecido; se ha ido a los luceros, para cantarnos la inmensidad del universo, en el que reina como Emperatriz la Madre de Dios. Yo creo en las noches, concluye el pequeño, con Rilke.

Sigo indagando:
-¿Pero cuando cae la niebla y nada se ve, o las nubes densas no dejan resquicio al cielo alto?
-Entonces -explica-, el corazón se yergue, lo traspasa todo, hasta donde jamás deja de brillar el sol y es diamantino el azul. También la ausencia consciente es un modo de presencia, quemazón saludable, que enciende el deseo de ver y tener. Hay soledades sonoras, músicas calladas, vacíos llenos de plenitud, como aquel «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!». Nunca el Padre Dios -y la Madre Virgen- estuvieron tan metidos en el Corazón de Cristo. La ausencia viva es presencia aguda, dulce, aunque un poco dolorosa. Algo así acontece cuando se trata a la Humanidad Santísima de Jesús: Él pone en el alma un hambre insaciable, un deseo “disparatado” de contemplar su Faz.

En esa ansia -que no es posible aplacar en la tierra-, hallarás muchas veces tu consuelo
En esa ansia -que no es posible aplacar en la tierra-, hallarás muchas veces tu consuelo (del Via Crucis, del Beato Josemaría)

¿Qué será, además, contemplar el otro rostro bellísimo, el de la Virgen Santa, que aguarda allá, tras el manto azul?

Sabiduría antigua

Cuando son negras las nubes y rugen con la luz lívida del relámpago, mi pequeño amigo asevera:
-Ya está el diablo metiendo el rabo. Siempre anda como león rugiente, buscando presa que devorar (esto lo ha leído en San Pedro).
Y yo inquiero por qué nuestra Madre buena, que podría enviar al infierno el Infierno entero, permite que el demonio meta el rabo bajo su manto.

El pequeño teólogo se ajusta las gafas en el ceño y acto continuo extiende el brazo cuan largo es, vibrando su dedo índice hacia mi cara:
-No debemos olvidar que es muy antigua la sabiduría de la Madre de Dios. Ella sabe bien que si vemos bajo su manto, algunas veces, el rabo del gran cornúpeta -corniabierto y astifino-, sabremos inferir que fuera está el diablo entero, y no saldremos de la zona de seguridad. Aunque el demonio meta el rabo, ¡ahí no pasa nada!

En su concepto, como en el de ilustres pensadores, el mundo entero es una gran parábola del Reino de los Cielos. Las parábolas de Jesús no son tan sólo un modo pedagógico de elevar la mente humana desde las cosas más asequibles a los más altos misterios, son también una muestra de la más honda y veraz lectura del mundo. El mero físico, o químico, o biólogo, no entiende casi nada. Sólo ve en el agua, H2O; y en la vida, DNA.

Pero la realidad es mucho más. El agua es río y mar, cascada, refrigerio para la boca cuarteada, pulcritud para el manchado, motivo siempre de encendida acción de gracias. Las cosas todas son señales indicadoras del Amor divino, transparencias del poder creador de Dios, de quien proceden y a quien conducen. El materialismo, el positivismo -¡ay, esos “ismos”…!- han puesto a las gentes anteojos de madera. Incluso inteligencias agudas que leen y entienden voluminosos libros ininteligibles, ya no saben leer en las cosas más sencillas y elocuentes. Les urge volver a la escuela, escuela primaria, a empezar de nuevo: la eme con la a, ma.
Pero, cuidado, es preciso escoger bien.

La mejor escuela

La mejor es, sin duda, la escuela de Santa María, escogida por Dios mismo cuando quiso hacerse Niño y aprender a ser Hombre. Ella es Sedes sapientiae, Asiento de una sabiduría más antigua que el mundo. La Liturgia pone en labios de la Madre de Dios estas palabras de la Escritura: Antes de los siglos, desde el principio me creó, y por los siglos subsistiré. No es, éste, un principio de orden cronológico, sino de lógica divina, trascendente al tiempo. Antes del comienzo de la creación, Dios tiene en su mente la criatura de insuperable belleza, compendio de toda humana perfección.

Es la que puede decir: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada.

Por eso, hay un clásico que le canta:
Fuera de Dios no hay quien sea tan antigua como vos.
Y le hace decir Quevedo:
Soy más antigua que el tiempo (…)
Infinitos siglos antes que criara el firmamento, ya él me había criado en mitad de aquel silencio.
Pero oigamos la voz autorizada: “Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, y las aguas no traspasaban sus mandatos; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano…”.

Niña de los ojos de Dios

Parece que la creación entera contiene un cierto sello, un dulce y vigoroso toque mariano. Cabe una lectura mariana del mundo. Tienen fundamento los versos de Lope: Vos sois aquella Niña con que el Señor del cielo y tierra mira.

También Calderón de la Barca llama a la Virgen niña, Niña de los ojos de Dios. Y nuestro pequeño amigo remacha gozoso: ¡cabe una lectura mariana del mundo!

Yo quiero, Madre mía, que tú seas la Niña de mis ojos; ver las cosas todas a tu luz. Y así, ¡cuánto más hermoso se ve el Niño! Y José, qué espléndido, qué bien plantado, qué bien trabaja, qué bien habla y qué bien calla; qué santazo es José: no hay otro como él.

¿Y el establo? ¡si no huele sino a clavel! ¡si es un palacio lleno de Ángeles, los Príncipes del Cielo!

¿Y el sudor de la frente cuando se trabaja recio? Son perlas que se engarzan en la corona del Rey de reyes. La fatiga ya no enoja, es medio y fuente de santificación. Incluso las mayores contrariedades, incomprensiones, calumnias, persecuciones, son piedras preciosas que fulgen y adornan la Cruz victoriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Y el infierno ya no son “los otros”, como acontece en el angustiado mundo ateo de un Jean Paul Sartre. El infierno es lo que vio Paul Claudel, tras su fulgurante conversión: “pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo”. ¡Qué mal se pasa si Él no está! Y si se pasa “bien” en apariencia, qué vacío, luego.

El encuentro con los demás es siempre un encuentro con Cristo. Cristo, que sufre en los enfermos del cuerpo. Cristo, que sufre más en los enfermos del alma. Cristo, que triunfa en las almas que están en gracia de Dios y caminan hacia la santidad.

Cristo, en la lectura mariana del Evangelio, aparece en toda su belleza, sencilla y magnífica, humana y divina. Cada detalle de cada gesto, de cada palabra y de cada silencio de Jesús, adquiere un relieve de intensidad conmovente. Se desvanecen los temores infundados: la época azul resulta la más cristocéntrica que pueda pensarse. Nunca se está más cerca de Jesús que cuando se está con su Madre: ¡El Señor es contigo!

Leer los grafismos del mundo, siendo María la Niña de nuestros ojos, es descubrir siempre nuevas bellezas en lo creado y redimido por Cristo; abrirse a la posibilidad apasionante de hacer de la prosa de cada día, endecasílabos, verso heroico (Esto lo aprendió el pequeño, como tantas otras cosas, del Beato Josemaría Escrivá). Una mañana de octubre, de 1967, que esplendía bajo el manto azul de Navarra, en el campus de la Universidad, con millares de personas embebidas, nuestro hombre escuchó con emoción contenida estas palabras antológicas: Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria.

Y qué gozoso resulta andar, con la Niña de Nuestros Ojos, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra. ¡Los detalles! Ahí está sobre todo la Madre de Dios: en los detalles.

Cualquier momento es óptimo para comenzar o recomenzar a vivir en el encanto de una nueva, definitiva e insuperable época azul. Ya no se ansía otra, porque ésta está siempre abierta a nuevas y mayores maravillas.

PIROPOS A LA MADRE VIRGEN

Al pequeño filósofo, como a cualquier hijo de María Santísima, le encanta encontrar más piropos -antiguos y nuevos- a la Madre de Dios. Por ejemplo, este de Gómez Manrique: Toda eres toda bella.

No es poco lo que afirma Jerónimo del Río, que debió de ser un excelente jugador de ajedrez: Dama con que el Rey mata al diablo, ¡al gran cornúpeta!

En el Cancionero general de Hernando del Castillo, se encuentra una letanía espléndida:
clara lumbre
luz del día
espejo de Dios
templo santo
perla
zafiro
vaso blanco cristalino
paraíso
huerto precioso
planta de fértil rosa
Rosa
flor de flores
rosa de rosas
madre preciosa
madre cristalina
la rosa entre las flores
lucero amado

Y en el Poema de la Bestia y el Ángel, se dice que éste es el dogma de María:
…que tiene finura de cristal, hipérbole de amores y gracias de requiebro.

Todo es muy razonable si se tiene en cuenta que Ella es el Sol que da a luz al Sol hermoso (Lope), Madre de fremosura (Alfonso X, Cantiga X), Madre del Amor hermoso.

Y como es a la vez Madre de Dios y Madre nuestra, bien dice Calderón cuando en El cubo de la Almudena explica la universal experiencia de los buenos hijos de Dios: Si trabajando vosotros aclamáis a María bella, cuidando nosotros de ella, Ella cuida de nosotros.

Y Hernando de Talavera, del XVI:
Llena de inmensidad
De aquel Dios inmensurable,
Dios de Dios;
Llena de sonoridad
Del Verbo eterno inefable.

Pero ahora nos sorprenden unos versos con una enseñanza inesperada, en el Tratado de la Asunción, del sin par Juan del Encina:
Dame tu gracia graciosa,
gracia de gracia de Dios,
pues, aquél y tu sois dos
en querer sois una cosa,
¡o Madre de Dios y Esposa!
ven, Señora, ven a mí,
que no ay fuerza tan forzosa
que pueda ser poderosa
de escribir de ti y sin ti.

Luego, es evidente que Ella está con nosotros, los que de Ella escribimos y, sin duda también, con los que de Ella leemos.

En fin, para acabar de un plumazo, si no, no habría final, leamos lo dicho por Fray Pedro Manrique del Beato Alonso de Orozco, que “lo más de la vida gastó en alabanzas suyas (de María Santísima): perdía el seso en la consideración de esta Señora, de lo que fue y de lo que merecía”.

Oh, si esto pudiera decirse del pequeño poeta… Perder el seso, querer con locura a la Madre de Dios. Esta es una expresión muy del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: amar a la Virgen con locura: Te daré un consejo, que no me cansaré de repetir a las almas: que ames con locura a la Madre de Dios, que es Madre nuestra.

COLECCIÓN ARVO, Nº 130. AÑO XII. DICIEMBRE 1992.

Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós


EL CORAZÓN HUMANO DE MARÍA


María no solamente ha sido el más grande ejemplo de Fe, sino el modelo más perfecto del amor humano.
San Lucas hace dos referencias al corazón de la Santísima Virgen que llaman poderosamente la atención. La primera nos describe a los pastores quienes, convocados por un ángel del Señor encontraron a la Sagrada Familia. “…reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todo los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.” (Lc 2, 19) En el mismo capítulo dos del evangelista, tras el episodio del niño perdido y hayado en el Templo, encontramos una segunda y muy similar referencia: “…Y su madre guardaba estas cosas en su corazón.” (Lc 2, 51)

La madre del salvador guardaba estas cosas en su corazón. A la luz del Evangelio, valdría la pena preguntarnos si esas cosas de Dios que aprendemos en la Sagrada Escritura, en algún retiro espiritual o en la Eucaristía misma las estamos guardando en nuestro corazón. Pero además la dulcísima Madre de Cristo no solo las guardaba, sino que además las ponderaba. ¿Solo María era capaz, en su pureza y plenitud de Gracia ponderar y guardar las cosas de Dios en Su corazón?

Pensemos que la Virgen no solamente ha sido el más grande ejemplo de Fe al decir al Ángel Gabriel “Hágase en mí según tu palabra”, sino que la vemos como un modelo de amor humano. No es difícil imaginar a la Virgen Santa con el niño Dios en los brazos derramando amor y ternura, entregando su corazón plenamente a esa frágil criatura que es Dios mismo hecho hombre. Esa Madre amorosa que abrazaba al pequeño Niño es la misma que acogió en su regazo el cuerpo inerte del crucificado. El mismo corazón que se llenaba de gozo y pronunciaba “Mi alma glorifica al Señor…” es el que con el cuerpo exánime de Jesús en los brazos parecía escuchar “¿A dónde se fue tu Amado, oh la más hermosa de las mujeres? ¿A dónde se marchó el que tú quieres, y le buscaremos contigo?” (Cant V, 17) Ese corazón entregado enteramente a Dios, aún antes de la anunciación, es el mismo que gime y solloza al pie de la cruz. Ese mismo corazón en el que se guardaban las maravillas que ocurrían en torno al salvador es el que se remueve con fuerza de terremoto ante el sacrificio del Rey de Reyes. Y era un corazón humano el que daba tanto amor y sentía el más profundo de los dolores. Y ese corazón, el de María, era humano. Como el tuyo o como el mío.

Santa María no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Una vida y un corazón humanos pero de Jesús. ¿Podemos, acaso, tu y yo amar y entregarnos de igual manera? El corazón humano de María pudo hacerlo. Tú y yo tenemos su propio corazón como un escalón a la Puerta Santa que es Jesús. Con el ejemplo de la Santa Madre de Dios, no solo sabemos que podemos amar a Cristo, debemos amarle así porque la tenemos a Ella misma como intercesora.
Corazón generoso y tierno corazón como por naturaleza es el de toda mujer que es madre, el de María nos inspira profundamente. Y podríamos admirar a la Virgen por amar al Niño Dios, de igual manera que admiramos a cualquier madre que sostiene a su pequeño en los brazos. Pero el corazón de María ya era de Dios aún antes de la Anunciación. Había decidido reservar su corazón a Dios sin necesitar algún prodigio. En la Anunciación se consuma la previa entrega que ya se había realizado. ¿Cómo nos extraña entonces que haya podido pronunciar esas palabras que la han subido a la cúspide de la Fe “Hágase en mí según tu palabra”? Pensándolo con mayor hondura el corazón de María, sí es corazón humano, no solo era capaz de eso, sino de mucho más.

El corazón amoroso y entregado es, en su generosidad, un corazón fiel: Un corazón humano al pie de la cruz. Si con facilidad podíamos imaginar la ternura de la escena en el pesebre, con gran dificultad podemos apenas hacer un esbozo en la imaginación de la Santísima Virgen recibiendo de José de Arimatea el cuerpo ensangrentado de su hijo. ¿Cómo imaginar el dolor de una Madre que limpia, con mano trémula, la sangre de su hijo? Remueve en lo más profundo aún a nuestro propio y durísimo corazón el pensar en la mirada de María ante el rostro desfigurado y atrozmente golpeado de Jesucristo. Y su corazón dolido estaba ahí, fiel, al pie de la cruz. ¿Dónde está nuestra corazón? ¿Al pie de la cruz como el de la Santísima Virgen o escondido y alejado como el de los discípulos que abandonaron al Señor?

El corazón de María nos muestra todas las encontradas emociones que un corazón es capaz de sentir. Es el corazón de la Virgen uno tan grande y tan generoso, que es además nuestro propio refugio. Su corazón es, además de ejemplo y con dignidad sobresaliente para ser admirado, el consuelo para la aflicción. ¿Cuánto no comprenderás nuestros humanos dolores ella que enfrentó el dolor más profundo que se pueda experimentar?

Pero el corazón humano de nuestra Madre en Cristo no solo es un ejemplo de ternura amorosa o de abyecto dolor. María en su corazón es la Madre del buen consejo, y quien mejor nos puede enseñar a vivir el amor al prójimo. Poderoso corazón el de María, que puede convertir nuestro egoísmo y amor propio en caridad y amor a Dios. El corazón entregado de María debería enseñarlos a pedirle confiados a Dios: “Padre, mi corazón puede poco ¡Haz que te ame mas!”
Es a la Madre de Dios a quien hemos de acudir para pedirle que nos enseñe a amar más, a entregar más, a ser más justos, a rogarle que con su corazón dulcísimo nos proteja, nos enseñe, nos guíe.


El corazón humano de María. Humano. Como el tuyo y como el mío.

SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER


Fundador. Año 1975.
San Josemaría Escrivá es uno de los más populares fundadores y apóstoles del siglo XX. Nació en Barbastro Aragón, España, de un hogar sumamente creyente y ejemplar y fundó en 1928 una de las asociaciones apostólicas más fuertes del mundo, el Opus Dei.

Desde muy pequeño tuvo una gran cualidad: su espíritu de servicio a los demás. Parecía que su oficio más agradable era poder ser útil a los demás en todo lo que le fuera posible ayudarles. La frase de Jesús que más le impresionaba era esta: "El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar la vida en redención de muchos" (Mt. 20, 28). Y le impresionaba el meditar que Jesús desde su nacimiento en el pesebre hasta su muerte en la cruz, no tuvo otro fin que el de dar gloria al Padre Dios y hacer el mayor bien a las criaturas humanas. Y él se propuso emplear también todas sus cualidades al servicio de Dios y de las personas humanas.

José María se propuso pues imitar el espíritu de servicio de Jesús, y dedicar su vida entera a lograr hacer el mayor bien posible a toda clase de gentes.

Después de obtener su doctorado en la universidad, fue ordenado de sacerdote en 1925 y se dedicó al apostolado con todas las fuerzas de su alma, tendiendo como lema aquella frase de la S. Biblia: "El sacerdote está constituido a favor de los hombres" (Hebr. 5, 1).

Su madre, Doña Dolores, le había enseñado una frase que ella repitió muchas veces y que a él le fue muy útil en el apostolado: "Para lo único que hay que tener vergüenza es para pecar". Así que al joven sacerdote no le dio jamás vergüenza hablar de Cristo y de su mensaje en todas partes y ante toda clase de personas. Y esto mismo enseñó con la palabra y el ejemplo a sus millares de discípulos de todo el mundo.

Cuando Dios encamina a una persona hacia una gran obra le concede todas las cualidades necesarias para desempeñar bien el oficio que le ha encomendado. Al Padre Escrivá le concedió un espíritu sumamente alegre y jovial que le ganaba la simpatía a todos los ambientes. Una alegría que se contagiaba a los que lo escuchaban. Lo dotó también la Divina Providencia de un corazón sumamente generoso para amar a todos. Uno de sus socios, que lo acompañó por muchos años, declaró: "Me consta que jamás Monseñor Escrivá se sintió enemigo de nadie". Quiso bien a todos y los seguía queriendo aún después de que lo trataran mal. Su única moneda de cambio con quienes se dedicaban a atacarlo, era rezar por ellos.

José María fue un instrumento en las manos de Dios, por medio del cual la Iglesia Católica logró conseguir líderes apostólicos en todos los continentes y empezó nuevas obras de apostolado en muchas naciones. Pero él siempre se consideraba un simple instrumento en manos de Dios. Ninguno de sus triunfos apostólicos lo atribuía a sus cualidades o a sus esfuerzos personales, sino todo solamente a la bendición de Dios. Recordaba la famosa frase del libro de los proverbios: "Lo que nos produce éxitos es la bendición de Dios. Nuestros afanes no le añaden nada". Sabía que cuanto mejor preparado está el instrumento (por ejemplo el pincel, con el cual le agradaba mucho compararse) mejor saldrá la obra del artista. Por eso trataba de prepararse lo mejor posible siempre, pero también estaba convencido de que sin la acción del artista, (que siempre en el apostolado es Dios) el instrumento nada logra conseguir por sí mismo.

Pero la humildad de Escrivá no era un apocamiento, un creerse sin valor o un inútil y sin cualidades (porque eso sería mentira. Y la humildad es la verdad). Su humildad no era un no atreverse a proponer nuevas iniciativas o dejar de exigir derechos que son deberes. Era un estar convencido de que se es incapaz de realizar nada valioso sin la bendición de Dios, pero a la vez una convicción de que entre más preparado y calificado esté el apóstol, mayores éxitos podrá obtener si confía plenamente en la ayuda divina.

Siendo muy joven en Logroño en pleno y terrible invierno vio sobre la nieve las huellas de unos pies de un religioso capuchino, que por amor de Dios y por salvar almas andaba descalzo sobre ese hielo tan temible. Y José María se preguntó: "Todo esto hacen los demás, y yo ¿qué voy a hacer por Cristo y por las almas?". Desde entonces se propuso gastarse y desgastarse por hacer amar más a Dios y por conseguir salvar almas.

El 2 de octubre de 1928 José María sintió que Dios le iluminaba una idea maravillosa (durante unos Ejercicios Espirituales), fundar una asociación en la cual cada persona, siguiendo sus labores ordinarias en el mundo, se dedicara a conseguir la santidad y a propagar el reino de Cristo. Y fundó entonces la famosa organización llamada Opus Dei (Obra de Dios) que ahora está extendida por todos los países del mundo. Su lema era la frase de San Pablo: "Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (1 Tes. 4, 3).

El famoso fundador repetía: "El creyente, ya sea barrendero o gerente, ya sea pobre o rico, sabio o ignorante, conseguirá su santificación y un gran puesto en el cielo si todo lo que tiene que hacer lo hace por amor de Dios y con todo el esmero que le sea posible. En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de gran categoría si se hacen por amor a Nuestro Señor".

Desde 1928 hasta su muerte en 1975, José María Escrivá dedicó todas sus energías y sus grandes cualidades y todo su tiempo, a extender y a perfeccionar la obra maravillosa que Dios le había encomendado: El Opus Dei, una asociación para llevar hacia la santidad a las personas, pero permaneciendo cada cual en su propia profesión y oficio.

Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II en Roma el 17 de mayo de 1992.

Escribió Monseñor Escrivá un librito pequeño pero hermosísimo que ha influido en millones de personas en el mundo entero. Se llama "Camino". Son mil pensamientos (numerados) acerca de los temas más importantes para conseguir la santidad. Su estilo es simpático, impactante, incisivo y muy agradable. Y como antes de escribir rezó mucho por lo que iba a redactar, las frases del libro "Camino" llegan hasta el corazón de sus lectores y lo conmueven profundamente.

He aquí algunos de esos pensamientos cortos de su libro "Camino": Acostúmbrate a decir No a lo que es malo… ¿Qué no puedes hacer más? ¿No será que no puedes hacer menos?… ¿Virtud sin orden? ¿Y a eso llamas virtud?… ¡Qué hermoso desgastar la vida por Dios y por los demás!… Tu mayor enemigo es: tu egoísmo… Si no te dominas a ti mismo, aunque seas poderoso, eres poca cosa… Al que puede ser sabio no se le perdona que no lo sea… Tu orgullo: ¿de qué?…

Dios le concedió la gracia de ser muy simpático para los universitarios, para los profesionales y para los de las clases dirigentes. Y él empleó este don tan especial para conseguir que muchísimos líderes de diversos países aprovecharan sus notables influencias en los demás para llevarles los mensajes de la Iglesia Católica y extender así nuestra Santa Religión. La simpatía personal del Padre Escrivá le atraía amigos en todas las naciones a donde llegaba su influencia y muchos de ellos ocupan ahora puestos influyentes, para gloria de Dios.

El 6 de octubre de 2002, más de 400.000 personas asisten en la plaza de san Pedro a la canonización de Josemaría Escrivá. En la homilía, Juan Pablo II señaló que el nuevo santo "comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes.

El Papa animó a los peregrinos llegados desde los cinco continentes a seguir sus huellas. "Difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu".


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5 ARMAS PARA VENCER LA MASTURBACIÓN

Calma frente al problema, corta todos los estimulantes del vicio...
Su práctica es bastante común entre muchachos y muchachas, es uno de los principales problemas que enfrentan los jóvenes cristianos.
Sepa, antes que nada, que la masturbación no es un indicio de trastorno de personalidad o de un problema mental. Es un problema muy antiguo en la humanidad; ya el Libro de los Muertos, de los egipcios la condenaba hacia el año 1550 a. C. Para el código moral de los antiguos judíos era considerada un pecado grave.
Me he encontrado con hombres casados que han continuado masturbándose, aunque tuvieran una vida sexual regular con la esposa. Esto muestra que el vicio de la juventud ha continuado y perjudica al matrimonio.
Aunque las clases de “educación sexual” muchas veces enseñen que la masturbación es normal, y hasta necesaria, en realidad va en contra de la naturaleza y la ley de Dios.
Desafortunadamente en esas clases y en los libros sobre el tema, se aconseja a los alumnos que no tengan sentimientos de culpa, angustia o ansiedad, y enseñan que no es perjudicial para la salud. Esto no es verdad; muchos médicos afirman que la masturbación es perjudicial para el joven tanto física como psicológicamente.
La Iglesia enseña que es un acto desordenado. Aunque es defendida por muchos como “algo normal”, la Iglesia dice que no: “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado. El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad”. (CIC §2352).
Para luchar contra la masturbación es necesario adoptar varias actitudes:
1. TEN CALMA FRENTE AL PROBLEMA
No eres ningún desequilibrado sexual, ni impuro, ni una prostituta en potencia. No eres una aberración porque te masturbas.
2. CORTA TODOS LOS ESTIMULANTES DEL VICIO
Desecha todas las revistas pornográficas, libros y películas eróticas que acostumbrabas ver. Y no te quedes mirando el cuerpo de las muchachas o los muchachos alimentando tu mente con deseos eróticos.
Deja de ver programas de TV o páginas en Internet que cada vez más echan pólvora en tu sangre. La TV y el Internet son hoy uno de los peores venenos para un joven que lucha contra la masturbación.
3. HAZ UN BUEN USO DE TUS HORAS LIBRES
Aprovecha el tiempo para leer un buen libro, practicar deporte, salir con los amigos, caminar, etc. No te quedes sin hacer nada, especialmente en la cama, pues “mente vacía, oficina del diablo”.
4. NO TE DESANIMES NI DESESPERES NUNCA
Lucha diariamente contra la masturbación, pero si caes, levántate enseguida, pide perdón a Dios, de inmediato, y retoma el propósito de no pecar. No pises tu alma contentándote.
Di: “Está bien, me equivoqué, me caí, acepto mi falta humildemente, porque soy débil, voy a lograr, con la ayuda de Dios, superar esto. Continuaré luchando hasta librarme definitivamente, incluso si caigo millones de veces, no desistiré y no me desesperaré”.
Dios ama al joven, nuestra lucha contra el pecado; nuestra victoria frente a éste, es más nuestra perseverancia en la lucha que propiamente la victoria completa.
5. ALIMENTA TU ALMA CON LA ORACIÓN, LA PALABRA DE DIOS Y LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
Hay un dicho que dice: “Mosca no se sienta en plato caliente”.
Si quieres mantener tu alma cálida con el calor del Espíritu Santo, las moscas de la tentación no te perturbarán. Pero si el plato se enfría…
Tras una caída en el área sexual, siempre queda claro que faltó vigilancia y oración para no pecar. Muchas veces abusamos de nuestra debilidad y nos exponemos al peligro… y caemos.
Existe otro proverbio que dice: “La ocasión hace al ladrón” o “quien ama el peligro, en él perece”.
En realidad, hemos de pedir perdón a Dios más porque no vigilamos y no oramos, que por caer propiamente.