martes, 17 de abril de 2018

EL ÚLTIMO DÍA DE MONSEÑOR ROMERO



RECORDANDO EL DÍA DEL ASESINATO DE MONS. ÓSCAR ARNULFO ROMERO
Mons. Óscar Arnulfo Romero fue asesinado, como es sabido, el 24 de marzo de 1980. El día anterior, último domingo de cuaresma, había celebrado la Misa como era su costumbre en la basílica del Sagrado Corazón -que por aquel entonces hacía de catedral de San Salvador - y su predicación duró casi dos horas, con el famoso llamamiento a los soldados para que no obedecieran órdenes contrarias a la ley de Dios, para que no asesinaran, para que pusieran fin a la represión. En la reunión preparatoria de la homilía, el sábado, (costumbre que tenía Mons. Romero para consultar y asesorarse sobre la prudencia de las palabras que después predicaría cada domingo) el  padre Fabián Amaya le había sugerido que dijera algo en ese sentido pero no imaginaba que Romero se lanzaría a un llamamiento tan solemne, que para los altos mandos militares era un grave acto subversivo. Si, hipotéticamente, hubiera estado sujeto a los códigos militares, Mons. Romero habría podido ser declarado culpable de incitación a la insubordinación y podría haber sido condenado a ser fusilado. Probablemente dicho llamamiento precipitó el asesinato del arzobispo, planificado desde hacía tiempo.
La mañana del lunes los autores del crimen vieron en los principales periódicos de San Salvador el aviso de la misa que Mons. Romero iba a celebrar por la tarde, a las 17:30, en sufragio de Sara de Pinto, y decidieron pasar a la acción. Ese mismo lunes por la mañana el prelado fue temprano, como siempre, a la iglesia del hospital de la Divina Providencia, donde vivía, para rezar. Pasó brevemente por la curia diocesana y luego fue al mar con algunos sacerdotes del Opus Dei. Se trata de uno de los retiros mensuales de Mons. Romero con el Opus Dei que eran momentos así mismo tiempo de reposo, de estudio y de familiaridad sacerdotal. Los organizaba Fernando Sáenz Lacalle, sacerdote de la Prelatura, que además asesoraba espiritualmente a Mons. Romero, aunque su confesor era el anciano P. Azcue, Jesuita. Sáenz Lacalle fue hecho años después obispo con el tiempo y llegó a suceder a Romero en la sede de San Salvador.
De entre las historias amañadas que se han querido presentar sobre Mons. Romero una es que, si bien como joven obispo estuvo espiritualmente cercano al Opus Dei, habría tenido una “conversión” que le habría hecho alejarse del Opus para buscar otras espiritualidades más progresistas. Nada más cercano de la realidad, como demuestra este retiro de sacerdotes al que se mantuvo fiel, siempre que sus obligaciones se lo permitían, hasta el mismo día de su muerte. Sin embargo, es cierto que pastoralmente en los últimos años estuvo muy cercano a los Jesuitas de la UCA, que le asesoraban en sus homilías.
La meta del retiro era una playa en el hermoso litoral de La Libertad, a media hora de camino de San Salvador. Por un malentendido con el portero encontraron cerrada la casa con el jardín de palmeras, frente al mar. Algunos, entre los que se encontraba Mons. Romero, saltaron la cerca y abrieron a los demás. El lugar era encantador y silencioso. Estudiaron un reciente documento de Juan Pablo II sobre el celibato y la formación en los seminarios que trajo Mons. Romero y hablaron también de ayudas materiales al seminario y de los ornamentos de la catedral. Romero estaba preocupado por si las ocupaciones de la catedral provocaban daños o incendios y pidió a Sáenz Lacalle que retirase provisionalmente en custodia todo lo que encontrase de valor. Mons Romero no se bañó en las cálidas aguas del Pacífico porque tenía una ligera infección en el oído. Comieron en la hierba y por la tarde Romero volvió a la ciudad.
Por la tarde Mons. Romero fue al médico para que le mirasen la oreja y de allí fue a Santa Tecla a confesarse brevemente con el padre Azcue. En el automóvil fue hablando con el sacerdote que lo llevaba de un palco que habría que instalar para la solemne liturgia de Ramos, el domingo siguiente. A las 17:30, estaba de vuelta al hospital para la Misa en sufragio de Sara de Pinto, la madre de un periodista amigo suyo, Jorge Pinto hijo, dueño del periódico “El Independiente". La Misa comenzó con retraso.
La homilía en memoria de Doña Sarita, como la llamaba Romero, no tuvo un contenido extraordinario. Era una Misa de tono familiar, en la iglesia del hospital de la Divina Providencia, a la que asistieron también algunos enfermos terminales. Mons. Romero alabó a la difunta por haber gastado su vida por el prójimo, por la justicia, por la dignidad humana. Desarrolló el tema de la vida eterna en la que Doña Sarita, como todos aquellos que habían vivido según la esperanza cristiana, habría recuperado ‘’purificado", “iluminado” y “transfigurado” todo el bien que había hecho en la tierra. Los méritos adquiridos en la vida terrenal serían premiados en el reino eterno de Cristo.
Aquel fue el Amén del prelado. Había hablado ante el altar y se dio la vuelta para tomar el corporal para empezar el ofertorio. En aquel momento se oyó un disparo proveniente de uno de los accesos a la iglesia. Habían pasado poquísimos segundos desde el final de la homilía y Mons. Romero cayó al lado del altar. Los fieles, asustados, se tiraron al suelo unos segundos. Al ponerse de nuevo en pie, vieron que el arzobispo estaba boca arriba y se acercaron para prestarle ayuda. Mons. Romero perdía sangre, estaba inerte, parecía haber perdido el sentido. Un fotógrafo presente en la iglesia tomó algunas instantáneas. Las hermanas del hospital lloraban y el prelado fue cargado en un automóvil y llevado a la Policlínica Salvadoreña, donde murió poco después de llegar por hemorragia interna, unos veinte minutos después del disparo, después del cual ya no había recobrado el conocimiento. Tenía 62 años.
Mons. Romero fue liquidado por un asesino quien, desde el exterior de la capilla, ubicó un solo proyectil calibre 22 causándole la muerte como consecuencia de una profusa hemorragia. La bala era de fragmentación, no había alcanzado órganos vitales pero había explotado en el pecho. Poco antes, el prelado había dicho: Aquí está el centro de nuestra vida, en la Eucaristía, y desde aquí Jesucristo nos hace real cada vez más la frase: ‘el que da su vida… para poderla transmitir a ese mundo tan necesitado, tan frio
Un biógrafo del arzobispo escribió: Son las seis y veinticinco de la tarde.., Doce años atrás, meditando sobre la muerte, monseñor Romero había escrito en sus apuntes espirituales una frase del Apocalipsis: ‘Y cenaré con él’. Normalmente el cenaba a las dieciocho y treinta. La tarde del 24 de marzo cenó con el Señor". Mons. Romero no poseía nada, como herencia dejó apenas algunos libros.
Varios testigos cuentan el momento del asesinato, algunos fueron testigos oculares. Uno de ellos explica: Fue el 24 de marzo de 19Í50 en la Capilla del hospital de la Divina Providencia mientras celebraba la Eucaristía. Lo mataron de un disparo en el corazón con una bala explosiva, en el momento de iniciar el ofertorio. Yo estuve presente en ese momento de su asesinato en la Capilla, a unos cuatro metros de distancia del altar, cuando extendía e! corporal para iniciar el ofertorio sonó el disparo y cuando sintió un impacto de la bala, instintivamente quiso agarrarse del altar esparciendo las hostias sobre el mismo, lo cual yo interpreté como que Dios le estaba diciendo: ‘Óscar ahora tú eres la víctima’ y en ese momento cayó a los pies de Cristo Crucificado bañado en su propia sangre por una hemorragia de nariz, boca y oído”.
Una religiosa que trabajaba en el Hospital de la Divina Providencia, afirma:Yo no estaba en la misa cuando lo mataron, pero sí estaba en la casa a la par de la Capilla. Ye llegué cuando ya estaba en el suelo y me incliné a él para ver si me respondía algo pero ya no contestó. Cuando ocurrió este, estaban presentes varias hermanas de la comunidad y otras personas
Por último, un testigo explica: Allí en esa misma capilla fue donde hacia las 6.25 de la tarde, un francotirador que era conducido presuntamente en un automóvil Wolkswagen rojo, disparó una bala certera que iba dirigida al corazón de Mons. Romero, el cual se desplomó en el momento en el que ofrecía el vino y el pan ante la mirada atónita de la comunidad de religiosas, de los enfermitos y familiares de la difunta. Todo esto ocurrió el lunes 24 de marzo de 1980”.
Años después San Juan Pablo II instituyó, para ser celebrada el 24 de marzo de cada año en memoria de Mons. Romero -al que tanto había apreciado-, la jornada de oración y recuerdo de los misioneros que mueren asesinados anualmente en el mundo entero. El mismo Papa, en su visita a El Salvador en 1983, en el recorrido desde el aeropuerto de Ilopango hasta Metrocentro, pidió que se modificara el itinerario del automóvil que lo llevaba; así, en vez de ir hacia el templete lo llevaron por sorpresa a la catedral metropolitana a visitar la cripta de mons. Romero, en contra de las recomendaciones del gobierno salvadoreño, que había querido a toda costa evitar tal posibilidad. Lo llevaron por calles desiertas pues tal itinerario no estaba previsto, y cuando llegaron a la catedral, ésta estaba cerrada. Tuvo que esperar el Papa unos minutos hasta que alguien trajo la llave y por fin pudo entrar el Pontífice al templo donde oró en silencio la tumba del prelado mártir.
Alberto Royo Mejía

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